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Los jóvenes dominicanos y la politiquería del siglo XXI

En los últimos años nuestra generación (los que nacimos luego de 1990), muestra una exagerada voluntad de negar su participación en lo que llamamos “la política”. Esta es una realidad que he tratado en escritos anteriores.

Las redes sociales, siempre que nos acercamos a procesos de campaña –y particularmente el que surge a raíz de las próximas elecciones, por demás ridículamente extemporáneo-, hace notar una creciente falta de voluntad de parte de la Generación del Selfie, para integrarse en actividades de carácter político.

Quiero diferenciar algunos términos, aunque lo haga a mi manera. La política como tal es un arte, doctrina o disciplina que se constituye en herramienta (como parte de las ciencias sociales) para garantizar o potenciar la relación social que existe entre las sociedades y la toma de decisiones que estos deben asumir para garantizar su convivencia. Al final, busca el bien común, es decir, lo que es mejor para la mayoría o, de ser posible, para todos.

Quiero distanciar la belleza del concepto de política (que tiene otras concepciones que el lector puede sentirse en la libertad de investigar) del término ‘politiquería’: esa función que los dominicanos le damos a la política como vehículo de consecución de objetivos personales o intereses de grupos muy específicos a cuesta de los beneficios que pueden surgir de ocupar (o invadir) ciertas instituciones que reciben los dineros de nuestros impuestos.

La negativa de los millennials dominicanos es el producto de una educación política heredada de las generaciones anteriores. Esa imperante necesidad del politiquero dominicano de crear comités de bases para movilizar votos, en una práctica que muchas veces raya en lo deshonesto. De manera que, tenemos una especie de frustración, una que nos hace pensar que todo el que se acerque al lodo que simboliza la política dominicana, tarde o temprano, terminará embarrándose.

Del otro lado están los que se aprovechan de esta situación. Nosotros sabemos quiénes son. Jóvenes con ‘ideales’, ‘metas claras trazadas’ y una poética y aparentemente bien intencionada voluntad de colaborar con la comunidad sin “ningún otro interés”. ¡Patrañas!

Los vemos en fundaciones fantasmas, participando en uno o dos eventos del tipo ‘visita a hogar de envejecientes” o “ropa para niños en lugares vulnerables”; comienzan con una tímida candidatura a presidente de la asociación de estudiantes de la comunidad y luego los vemos abrazados en fotos de sus redes sociales con los políticos de 4 a 5 períodos en el poder, a los cuales han criticado un millón de veces. Llegan los grupos de Whatsapp, los discursos vacíos, las marchas y las caravanas y, sin darnos cuenta, el politiquero de 25 años ya está nombrado en el Estado o ejerce funciones como regidor del municipio, totalmente desconectado de su comunidad e incluso de su propio sector.

Quiero resaltar que esto no es necesariamente aplicable a todos los jóvenes que tienen participación en los partidos políticos. Puedo mencionar buenos ejemplos de personas que destacan por hacer la diferencia, pero ¿dónde están?

Dividimos nuestra generación entre los que se niegan, con su alma y con toda su fuerza, a ser “utilizados como votantes robóticos en procesos electorales”; por el otro, tenemos a los que, guillados de líderes, se aprovechan y se meten en el ojo del huracán de la politiquería para ganarse el favor de los ancestrales jefes de siempre.

Dejaremos de ser un juego para los politiqueros cuando asumamos posiciones firmes, exijamos respeto y participación, pero para ello debemos participar de manera real y defender las conquistas en los espacios donde ya se nos respeta. Entregando nuestras asociaciones y organizaciones juveniles a favor de las campañas de los politiqueros, nunca vamos a salir de la sumisión social en que nos encontramos.

Por suerte, no todo es Yin, también hay Yang. Hay políticos, verdaderos hombres que trabajan desde sus cargos públicos para generar espacios de participación social y emprendimiento a favor de los jóvenes.

Dios ilumine a nuestros funcionarios serios a ver si logramos romper el círculo vicioso de la irresponsabilidad, la crisis de valores, la corrupción y la falta de creatividad que impera en nuestras instituciones públicas.

Enmanuel Díaz Santiago
Maestro en formación

 

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