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Hay un (***) en el mundo Don Pedro Mir

El país descubierto por Pedro Mir se ha convertido en una metáfora sin escrúpulos, un rio sin H2O, una montaña sin árboles. Desperdicio su tiempo el maestro cuando descubrió que en el trayecto del sol había un puñado de tierra, piedras, árboles y algunos seres humanos compartiendo el agua y la abundancia.

Un espacio tímido, sufrido, infinito y acomodado al destino es lo que hoy, interpretamos de aquella pieza poética “Hay un país en el mundo”. Perdió la esencia de país, aquel terruño sonado por Don Pedro en los días inciertos de su propia existencia. Se puede usted imaginar carga que llevaba encima a la hora de escribir aquellos renglones de lágrima austeras embarradas de sal, sudor y llanto. Ese modo de pensar de Don Pedro lo ato a su conciencia hasta las últimas horas de su muerte.

Don Pedro adoro lo que hizo, amo con intensidad su país y su gente. La muerte le apareció de repente cuando todos se morían menos él. Nunca mostro una gran tristeza, trazo una línea de conducta propia de los seres pensantes y lo describió como su “País en el mundo”. Narro Don Pedro el país de las lágrimas y que no puede vivir intensamente sin el presagio del molestar, político para sazonar su tristeza, entrego todo su secreto en un momento; me encanto su paseo por este país. Como una receta para la felicidad nos dejó “Un país en el mundo”, que sigue adelante con la salida del sol fabricando una felicidad ridícula. Hay un compromiso conmigo mismo, decía Don Pedro, servirme a mí en plural. Tuvo la suerte de inventar su propio Dios, al parecer se combinaron en fragancia, olían de la misma forma y pensar. Aprendieron a cuidarse a distancia. Negociaron su paso por esta tradición nacional, como cultura de defensa en uso. Siguió pensando en un país que lo vigilaba el sol y lo chispotiaba de una cultura del desorden.

Don Pedro manejo el arte de la convivencia de ideas. Tenía una mirada larga sin pensar en la desgracia segura que vivía la tierra en conflicto con el sol de su poesía, de vez en cuando se sentía solo y lo prefería. Mantenía una distancia muy corta con sus amigos y relacionados. Fue una figura principal hasta en la cocina de su casa, donde se adornaba de un traje de chef y preparaba su café de colador.

Una lástima inmensa que haya que cambiarle el nombre a lo que le llamo país. ¡Oídlo bien! No alcanza para quedar dormido.
Es un país pequeño y agredido. Sencillamente triste,
triste y torvo, triste y acre. Ya lo dije:
sencillamente triste y oprimido.

Román Polanco
Articulista

 

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