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El malmenorismo, enfermedad infantil del fariseísmo

“La democracia significa que no puedes ignorar a las personas que preferirías pretender que no existen”

Simone Campbell

Si hubiese que buscar un sinónimo para el término “fariseo”, el más apropiado sería el de hipócrita, pues caben en ese colectivo social y político todos y todas las que dicen una cosa y hacen otra, aún cuando debemos subrayar el hecho de que los fariseos “originales” tenían como estandarte su irrenunciable apego a la ley o a sentimientos que no tienen. Los tiempos electorales son momentos privilegiados para el florecimiento de la especie. ¿O no ha visto a los partidarios del cambio?

Sin embargo, para engañar hacen falta algunos recursos más allá del puro gesto, del discurso o la oferta. En pleno siglo XXI se necesita algo lo más parecido posible a la ideología (“buena o mala, pero mía”), y aunque se ha hecho lugar común el “malmenorismo”, dada la gravedad de los últimos sucesos, habrá que reconocerle su absoluta inutilidad.

Si todavía no sintonizamos, la propuesta consiste en votar por el “genio concertador” para evitar que el PLD siga en el poder. Nadie explica cuál es la ganancia, pero todos sabemos quienes serían los bien gratificados en nuevos negocios turísticos, cemento, universitarios y cualquier otra transacción que aparezca. Los fariseos, los amigos de las encuestas (es decir, la ley en su moderna versión), tratan de que las sumas les den para hacer creer que gratificar a otros puede hasta ser más democrático, mientras los ciudadanos con fidelidad mosaica han de proclamar que estamos frente a lo “menos malo”.

Lamentablemente la política es mucho más exigente y las estrategias electorales aunque intenten ocultar lo obvio, son delatoras y ya se empieza a saber cómo comenzará a desgranarse la mazorca. La sensación de que nuevamente a alguien se le está pasando la mano ya resulta inocultable y -si utilizamos para nuestras lecturas y opiniones las medidas de la democracia- es hora de decirlo medio en serio y medio asustados.

Hay tres asuntos claves que deben recordarse cuando se quieren reconocer comportamientos democráticos, es decir, ejercicio democrático del poder. La primera respecto de la forma en que se accede al ejercicio del poder, a la administración del Estado, y es inevitable tener que lamentar que la República Dominicana exhibe un record difícil de igualar respecto de la pulcritud de sus procesos electorales. El último de 2016 tuvo serios cuestionamientos y me temo que Almagro (el de la OEA) si se entera de situaciones parecidas en Venezuela, Bolivia o Nicaragua habría tenido una de sus peores rabietas.

Lo segundo tiene que ver con el recurrido y correcto argumento de que se trata de gobiernos de mayoría (nos abstendremos de comentar acerca de cómo se consiguen a veces las mayorías) pero no está allí la clave. Fíjense ustedes que Hitler fue nombrado canciller de acuerdo con las normas “democráticas” y es indiscutible que logró un gran apoyo de la población y todo nos conduce al nudo gordiano de la democracia: cómo se ejerce ese poder. Lo más básico a recordar es que se ejerce respetando rigurosamente las normas legales y constitucionales que regían cuando se consiguió la victoria electoral y se construyó la mayoría. Eso es lo que llamamos institucionalidad democrática. Cambiar las reglas del juego cuando el “play” ya comenzó no asegura que los resultados electorales serían los mismos y que la mayoría a la que se recurre como auxilio todavía exista. Como ven no se trata solo de “respeto a las minorías”, se trata que las minorías ejercen sus derechos amparados en las normas legales que la hicieron minoría, nunca por algún desliz generoso de quienes detentan el poder.

Después del “striptease” de la ley de partidos ronda ahora la idea de la “habilitación”, un asunto que tiene fines parecidos a los que hicieron que varios y varias agentes del cambio defendieran la “Ley de lemas” en los lejanos (?) 2003-2004. Es decir, cambiar la Constitución para resolver el conflicto partidario interno que provoca la nominación del candidato presidencial y “vencer al PLD”. Estoy esperando las opiniones de los del cambio, pues ya recuperé los nombres de quienes defendían la “Ley de lemas”. Fariseísmo puro.

No es posible ocultar la gravedad antidemocrática del asunto, pues como se está hilvanando el vestido serán los 35 del Comité Político quienes podrían decidir el cambio constitucional para eliminar un artículo que era el seguro acordado por los mismos 35 para evitar nuevas tentaciones.

Aquí vale detenerse y recordar que hasta el 30 de mayo de 1961 a eso de las ocho de la noche eran menos de 35 los que decidían la vida y la muerte de los dominicanos. Todo acabó a esa hora cuando el principal de ellos fue depositado sin mucha elegancia en un confortable maletero y los menos de 35 tuvieron que salir huyendo pues ya las excusas no servían, como no servirán ahora sin una sola gota de sangre. Igual podría ocurrir con los que sigan de actores y cómplices de estas inexplicables maromas que los van a dejar frente a la historia, como lo que son (a todos) y nadie va a recordar que construyeron el elevado de la 27 o el teleférico.

A la hora de pedir responsabilidades todo militante de partido es responsable de lo que su partido hace o deja de hacer. Cuando el hacer del partido amenaza o impide la democracia hay sólo dos caminos: se es cómplice o se es ex militante. No hay otras posibilidades a la hora que se cobren las responsabilidades políticas y éticas.

Creo desde mi atalaya de observador que se están perdiendo las proporciones. La democracia no funciona así y sabemos las consecuencias de los quiebres democráticos aún cuando lo que se espere sea una nueva repartición de la baraja. Y a la hora de barajar es bueno no olvidar que ya los 35 dejaron claramente establecido que cuentan con los votos propios y los de los otros tres partidos del sistema. Como ven, el mal menor en realidad ya no existe.

Ya ni siquiera se podrá decir que los cambios constitucionales buscan favorecer “al gobernante en el poder”: se intentarían para resolver un conflicto intra partidario, lo que es antidemocrático y acusa una escasa adhesión a la democracia y a su perfeccionamiento.

Una última reflexión: la indigencia política democrática quedará en evidencia cuando los partidos “minoritarios” (convenientemente agredidos por la nueva ley 33-18) sean incapaces de evitar la que será una de las últimas medidas que pudieran ser perfectamente atribuidas a Trujillo y tendrán simplemente que actuar democrática y sabiamente. Tienen una forma inmejorable de evitar perder: ganar la unidad alternativa y democrática e iniciar un proceso de construcción de confianzas que supere el 2020 y dejar de creer que en esta pasada pueden ganar la presidencia.

Y no ser vagón de cola de otros perdedores.

Guillermo Cifuentes
Articulista

 

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