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Ágora | Agentes de cambios y conquistas sociales

Es recurrente la queja de que ninguno de los últimos gobiernos que hemos tenido ha resuelto los más urgentes problemas nacionales, que han pospuestos sin fecha la institucionalización del país y que, a pesar de nuestro sostenido crecimiento económico, como sociedad hemos tocado fondo en el proceso de descenso de los principales indicadores de desarrollo humano. Esa circunstancia podría explicarse porque en casi sesenta años sólo un gobierno, el de Bosch, ha intentado un cambio teniendo una referencia clasista como eje fundamental de su propuesta de cambio. Y es que ni aquí ni ninguna parte, sin referencia e involucramiento de sectores populares, ninguna experiencia de gobierno puede saldarse con conquistas sustancialmente democráticas.

En América Latina y El Caribe, las grandes reformas sociales y políticas para mejorar las condiciones de vida de la gente intentadas por diversos gobiernos y proyectos políticos fueron impulsadas por propuestas de cambio de corte progresista por líderes de gran arraigo en los sectores populares. Entre otros, Pepe Figueres en Costa Rica, Fidel en Cuba, Allende en Chile, Torrijos en Panamá, Velazco Alvarado, en Perú, Lázaro Cárdenas en México. Todos tuvieron como sueño el impulso de reformas agrarias, nacionalización de activos naturales para obtener recursos para el desarrollo nacional, reformas urbanas, de acceso al suelo y viviendas, políticas de empleos y de inclusión social, en general.

En caso de Europa, mucho se habla de la alta calidad de vida de la población de los países escandinavos en particular, y de las grandes conquistas sociales obtenidas por la población de ese continente en general, a través de las políticas sociales contemplados en lo que se llama Estado Benefactor. Este, en esencia, fue una conquista de la clase trabajadora, fundamentalmente. En los EEUU, la lucha de los afronorteamericanos, de intelectuales y sectores progresistas fue clave para el logro de diversos tipos de derechos ciudadanos. En los países escandinavos fueron los partidos socialdemócratas y su cuerpo electoral compuesto por obreros y varios sectores intelectuales y profesionales de matrices ideológicas marxistas y hasta protestantes, los que hicieron de esas naciones modelos de desarrollo humano.

La sociedad moderna se ha hecho más compleja y el rol de las clases y grupos sociales, por los cambios operados en la estructura productiva de la sociedad, se ha redimensionado significativamente. Los agentes y sujetos sociales se han multiplicado y con ello limitado su peso específico en las luchas políticas. Sin embargo, aunque de otra forma, la participación y la incidencia política de esa diversidad de actores todavía sigue siendo la referencia para el cambio social y político y para la toma de diversas decisiones de los partidos y grupos que asumen los principales poderes del Estado. En nuestro país, no es posible explicar la dimensión de los triunfos electorales de la nueva mayoría en el poder sin la irrupción en la política de vastos segmentos sociales demandando el fin de la impunidad en los gobiernos del PLD.

A diferencia de otros tiempos, es difícil identificar un grupo, una clase o una confluencia de fuerzas como agentes del cambio, pero hasta ahora en ninguna parte de este mundo se registra un caso de cambio social excluyendo las demandas de numerosos sectores sociales que, aunque no siempre claramente identificables, también hoy son realidades sociológicas y políticas. El gran reto es la construcción de ese sujeto político/social para terminar con esa saga de gobiernos fallidos que dura sesenta años. Pero ese reto no sólo de quienes desde décadas tenemos una opción de militancia de compromiso definitivo con los sectores populares, sino de todo aquel que de una u otra manera quiere cambiar este país.

No hay salida a la crisis de este país si no se produce una ruptura radical con la cultura del apañamiento a los privilegios que se arrojan los elegidos en el Congreso, en los gobiernos locales que, mediante una relativa autonomía de sus electores, de sus partidos y de la sociedad que, como dice Raffaele Simone, “aprovechando la espectacular amplitud de sus prerrogativas, tienden a construirse un rico aparato de privilegios y atributos que acaban constituyendo el elemento más apetecible de su oficio”. Esa cultura patrimonialista con que esos y otros poderes, aquí en casi todo el mundo desde décadas se manejan o relacionan con el Estado, no termina solamente con simple leyes o decretos.

Termina únicamente con una voluntad de cambio que ponga en primer plano los intereses de la mayoría, con la construcción de un bloque de fuerzas con referencia decididamente popular. Los tiempos, todavía, indican que esa perspectiva es la única vía que conduce hacia transformaciones sustantivas en cualquier sociedad, fundamentalmente en esta, profundamente lastrada por 60 años de gobiernos cuyos balances son globalmente negativos.

César Pérez
Sociólogo

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