“No te enorgullezcas por los grandes hombres que,
A lo largo de los siglos, nacieron en tu tierra, El mérito no es tuyo
Piensa más bien en como los trataste entonces
Y en cómo has seguido sus enseñanzas”.
Albert Einstein
Con motivo de un nuevo aniversario del fallecimiento de Don Rafael, el 25 de noviembre de 1994, deseo reproducir por este medio el artículo que escribí pocos días después de ese triste acontecimiento, publicado en aquella ocasión en el Nuevo Diario.
Hace unos años oí decir al profesor Juan Bosch que ¨solo quien había visto un caballo sabía verdaderamente lo que significaba esa palabra¨. Interprete que a alguien le era más fácil entender o comprender alguna explicación con referencia de lo que ya había visto anteriormente.
Algo parecido refiere un adagio chino ¨un ver es mejor que cien decires¨. La partida física de Don Rafael, me ha dejado esta moraleja: un sentir es mejor y más expresivo que cien ver y mil decires.
Solo quien sintió la amenaza real de perder su libertad, su vida o la de algún ser querido y no lo perdió, por su intervención.
Solo los (las) que pudieron quedar viudos (as) o huérfanos (as) y no lo fueron, gracias a él.
Solo quienes sintieron de cerca perder su carrera, sus bienes, sus capitales, sus empresas y la salvaron, por su apoyo.
Solo los perseguidos, los calumniados y acusados injustamente, a quienes desde sus editoriales defendió.
Solo los que sintieron mejorías o la cura de sus enfermedades en los hospitales, donde llegaron las ayudas que el promovía.
Solo quienes sintieron en su voz y en sus argumentos, los suyos.
Solo esas personas saben realmente a plenitud lo que significo DON RAFAEL HERRERA, en la vida, el destino y la historia de los dominicanos. Son innumerables las ocasiones en que él fue la diferencia entre las paz y el desasosiego, la libertad y la prisión, entre la honra y la deshonra, entre la vida y la muerte para muchos seres humanos, entre ellos yo.
Me brindo su amistad sana y amplia, su confianza, su apoyo moral y para mí siempre estuvo, aun en los momentos más difíciles de él, los últimos, los de su enfermedad. Recuerdo que uno de esos días en que lo visite en su casa, caminaba en la sala con su hijo HECTOR, al preguntarle que como se sentía, me respondió: ¨aquí defendiéndome¨. Se me rompió el corazón, sabiendo lo que significaban sus palabras. Se defendía de la muerte.
Su valentía personal, al enfrentar los grandes y múltiples desafíos que debió encarar es uno más de los valiosos ejemplos de su fructífera vida.
En cinco de sus editoriales menciono mi nombre o el de las empresas que yo dirigía entonces, a mí, un humilde plebeyo. El último párrafo del que título ¨Injusta orden de prisión¨, el 16 de julio de 1990, defendiéndome dice: ¨esa orden de prisión debiera revocarse, en reconocimiento de un hombre honrado que ha pagado mejor sus obligaciones que otras que han recibido ayuda muy sustancial, por vía de su absorción por bancos.
Revóquese esa injusticia¨. Y fue como cuando Dios, dijo: ¨hágase la luz¨. Al enterarse que había pagado a todos los depositantes de Intercambio Monetario S.A, en su editorial ¨ESA FINANCIERA PAGO¨, el 21 de diciembre de 1992, dijo: ¨saludamos en FRANKLIN DIAZ REYES un ejemplo de honestidad y firme decisión de cumplir con sus compromisos¨. Con estas palabras alejo las dudas que sobre mi imagen y nombre se cernían. Por eso digo que más que un amigo, moralmente, DON RAFAEL, fue para mí lo que CRISTO para LAZARO.
De su humanismo militante, es impresionante lo que se ha escrito y abundante los testimonios de gratitud que se han expresado, no solamente por sus editoriales sino también por las obras de bien que realizo. Pienso que fue un fiel discípulo de Sófocles, quien hace más de dos mil años dijo: ¨la obra humana más bella es la de ser útil al prójimo».
Franklin Díaz Reyes
Articulista






