Tan antiguo como popular, el chisme es todo un género que ha trascendido las fronteras del barrio o del pueblo para colarse en las pantallas de televisión. Sin embargo, el más puro, ese que anda de boca en boca, también delata la inventiva del pueblo. En el deseo por recorrer esos caminos, se ocultan, justamente, lo que compartimos: el amor, el anhelo, la enfermedad, la muerte, la venganza etc.
Engendrada por la tierra, la afamada diosa está dotada de muchos ojos. Hay muchas bocas que viajan volando con gran rapidez. Aunque habita en el centro del mundo, en los confines de la tierra y el mar, su morada es un palacio sonoro con mil resquicios por los que se cuelan todas las voces, incluso las más tenues. Desde un alto mirador, la fama es vigilada por el mundo entero, rodeada de la credulidad. El error, la falsa alegría, el terror, la sedición, los negativos rumores, muchas y pocas palabras, y la divinidad mitológica demuestran que el chisme se remonta a una historia muy antigua. Tiene múltiples ramificaciones y parentescos. Hasta los griegos ya tenían claro que no se podía vivir sin el chisme.
Por supuesto, se incluyen una serie de motes relativos al chisme: boquirroto, bocazas, bocón, lengua suelta (es decir, toda gente con incontinencia verbal que incluye las murmuraciones, que lleva y trae noticias triviales y cuentos, alcahuetes que no aprovechan su mensajería de pacotilla; entrometida (es la persona que se mete en asuntos ajenos y ocasiona malentendidos y enfados); deslenguados (el peor de todos en el ramo, lengua de víbora, lengua de hacha por lo cortante y áspero de su vocabulario e intención). Nada de bueno ni de simpático, sobre quienes transitan el territorio del chisme llevándolos al tremendismo.
Termino mi artículo de opinión con un poema de Rubén Dario, que describe a los chismosos o detractores.
«Puede una gota de lodo, sobre un diamante caer, puede también de este modo, su fulgor oscurecer, pero aunque el diamante todo, se encuentre de fango lleno, el valor que lo hace bueno, no se perderá ni un instante, y ha de ser siempre un diamante, por más que lo manche el cieno».
Carmen Iris Sierra
Periodista






