Veloz, con su habitual canasto que sirve para llevar la encomienda de hacer una entrega a tiempo, se abre paso entre vehiculos y peatones -subiendo aceras si es preciso- pues la demora seria una amenaza para el prestigio de este corre caminos urbano que se las juega para ir de puerta en puerta, a hacer entrega personal del mandado que le fue solicitado: «El DELIVRY».
El servicio a domicilio o «deliverys» ha impulsado de manera significativa las operaciones comerciales, brindando a las empresas mayor alcance sobre su público, al cual acceden de forma casi inmediata. Se conjuga aqui la máxima de que «si la montaña no viene a mi, yo voy a la montaña». Asi arranca el repartidor hasta los clientes.
Grandes y pequeños comercios emplean jóvenes, que rondan los 15 y 25 años de edad, a quienes encargan la función especifica de llevar pedidos puertasa puertas en el menor tiempo posible.
El delivery ha incrementado la circulación de los productos que se nesesitan de forma inmediata, a esto se debe el éxito que ha tenido el repartidor de colmado.
Andan sin luz, sin placas, sin cascos protectores; no respetan el sentido de las vias ni semáforos en rojos. Y para colmo, sus motores son por los general viejos, destartalados y ruidosos, porque carecen de silenciadores o «mufflers».
Salen de sorpresa por cualquier calle; se suben a las aceras; manejan temerariamente y son diestros en salir de los laberintos de los tapones, hasta que la suerte les juegue una mala pasada para siempre.
De alguna u otra manera, son útiles llevando pequeños pedidos, como pizzas, bebidas, comidas rápidas, medicinas, hielos y ahora dicen que algunos se prestan para transportar drogas a domicilios.
Pero más allá de sus utilidades como mensajeros motorizados, son potencialmente peligrosos como provocadores de accidentes a cualquier hora del día, porque la prisa y cierta carta de impunidad que han logrado frente a los agentes de tránsito, que no reparan con las flagrantes violaciones a las normas, los hace creer que son los dueños de las calles.
Compiten así, con muchos «taxistas» que circulan por la ciudad como si estuvieran intentando romper los récords mundiales de velocidad para llevar y recoger pasajeros en cuestión de minutos. Si no tuvieran los letreros de taxis en sus capotas, cualquiera pensaría que andan huyendo de una persecución policial.
Taxistas y «deliverys», como se denominan a los personajes de los cuales estamos trazando un perfil, han venido a convertirse en elementos que agravan aún más el cuadro de irrespeto que ha debilitado las normas de tránsito en nuestro pais.
Y cabría preguntarse si acaso no hay formas de organizar el servicio que brindan, que no deja de ser de alguna manera útil, para que, en lugar de ser agentes mortiferos en las calles, sean eficientes servidores de toda su clientela.
Carmen Iris Sierra
Periodista






