En la próxima semana, que vamos a celebrar la Noche Buena, es una buena oportunidad de hurgar en los recuerdos almacenados en nuestros cerebros para revivir de cómo eran las celebraciones navideñas familiares de la Noche Buena en la década del 50. Estas eran en los hogares de clase media y que conservaban las tradiciones que heredaban de sus antepasados de las décadas anteriores.

Lo más importante para celebrar una noche buena en alegría era tener a mano los alimentos, adornos y artículos esenciales de la ocasión. Era con el fin de reunir a la familia en torno a una mesa bien abastecida de lo tradicional, desde los pasteles en hojas hasta el turrón español mas refinado. Luego de la cena venía el despliegue de los fuegos artificiales, que para la década del 50, abundaban los cohetes chinos y que eran la alegría de los pequeños. También eran un peligro ya que muchas veces nos explotaban en las manos.
La mesa se adornaba con esmero. Tanto los manteles como las servilletas eran de una fina lencería que solo se utilizaban en ocasiones especiales. Por lo general estaban decoradas con motivos navideños. El tradicional árbol de navidad era un elemento de decoración muy importante y alegórico. Se colocaban los platos, cubiertos y vasos en la mesa debidamente identificados para el uso específico de lo que se iba a comer o beber. O simplemente se colocaban los platos y cubiertos con servilletas corrientes. Al menos se mantenía una elegancia que no era la usual en los otros días del año. A veces hasta velas se encendían en la mesa para hacer la ocasión más íntima y acercar más a los comensales.
El ritual de la cena se iniciaba desde días antes viendo a la mamá preparando todas las comidas. Tan solo las teleras se compraban en las panaderías ubicadas en torno al centro del pueblo como la Patrona de Fernando Herrera y Bertinio Mejía y La Chiquita de Aníbal Velázquez. Esas teleras estaban acabadas de sacar del horno y antes de la cena ya había desaparecidos en el estómago de los familiares, con regaño de la mamá. Era necesario volver a comprar teleras para el deleite que producía ingerirlas calientes que hasta el sabor a huevo se le sentía.
La preparación típica de la cena comenzaba desde semanas antes al 24 de diciembre con la búsqueda del pavo criollo en los campos aledaños. Hasta de Las Matas de Farfán era traído el pavo como era el caso de nuestra familia ya que mamá era oriunda de ese lugar y conservaba grandes amistades. Los traían de la zona rural por mujeres humildes que los criaban para la ocasión y en cambalache obtener lo esencial para ellas celebrar la fiesta. Ahora es con los cerdos que son mucho más populares y rentables.
La elaboración de la cena requería del concurso de varias personas cuando en la casa elegida se iba a reunir toda la familia en torno al tronco patriarcal del padre. Ahí estaban sus hijos, yernos, nueras y nietos que formaban un alegre bullicio, que para las nueve de la noche a más tardar, se estaba sentado a la mesa.
Era la ocasión para cenar temprano y luego prepararse para asistir a la misa del Gallo que era celebrada en la iglesia a las doce de la noche. Esa vez era muy seguro caminar por las calles sin temores de asaltos o agresiones por los antisociales. Al mismo tiempo, al igual que en la ocasión de las fiestas patronales del 21 de noviembre, nuestros padres nos vestían con nueva ropa comprada en la capital o se encargaban al extranjero a través de las empresas Sears Roebuck o Montgomery Ward que aceptaba el pedido por correo que mi mamá era la pionera en ordenar tales pedidos. Todavía la diáspora banileja hacia el exterior no se había iniciado y eran muy pocas las familias que viajaban al exterior desde nuestro pueblo.
La cena típica era en base al pavo o pollo, la pierna de cerdo trasera debidamente condimentada y puesta al horno por varias horas y adobada con vino y mechada con una variedad de condimentos que al igual se hacía con el pavo. Era la costumbre preparar un moro de habichuelas o de guandules, junto con las ruedas del pan de telera. Ahora se sirve un arroz de fantasía navideña exquisitamente condimentado. Además no faltaba la ensalada de papas o rusa cuando se le añadía la mayonesa, pastelitos y turcos, además se disfrutaban los sabrosos pasteles en hojas elaborados con plátano o yuca y el ponche casero que nunca faltaba.
En mi familia era tradicional un pastelón relleno de carne de pollo que se elaboraba con una receta traída por la rama italiana de los Billini. Era el plato preferido de mi padre y el pastelón lo preparaba en las primeras décadas del siglo XX, la famosa tía Matilde que se ocupaba de la disciplina en la familia de los hermanos Herrera Cabral. La hechura del pastelón se transmite de generación en generación y que ahora ha pasado a una de mis hijas, Fabiola, la cual lo prepara con esmero y dedicación para mantener esa calidad que por muchos años era la debilidad de mi padre cuando era mi mamá la encargada de prepararlo. Todo se acompañaba de las tradicionales uvas, manzanas y peras. A veces con los lerenes y manicongos que se traían del Cibao. Desde España llegaba una amplia variedad de dulces que como los turrones que todavía mantienen la calidad para disfrute de nuestras generaciones.
También para la cena, antes, durante y después se regaba con buenas bebidas desde las criollas como la cerveza, el ron, ponche, aguardiente y anís. Además se consumía el whisky que era una bebida muy popular en varios segmentos de la población para esos años del 50 y diversos licores. En los casos que se podía se le añadía a la cena un sabroso vino español, tinto o blanco, que eran los preferidos. La alegría y la camaradería soltaban la lengua con las bebidas para ahogar los recelos y rencores de largo tiempo. Aliviaba al corazón de sus penas. Así se compartía con otras familias. Eran veladas muy íntimas llenas de recuerdos para luego ir a la puerta de la calle a disfrutar de los fuegos artificiales.
No se estilaba el intercambio de regalos como ocurría en los países nórdicos ya que aquí existía y existe todavía, aun cuando en desaparición, la costumbre de hacer los regalos de juguetes a los niños para la fiesta de los Reyes Magos. El espectáculo de los fuegos artificiales se iniciaba con las velas romanas, los conos, las patas de gallina, los montantes de fuegos de luces de colores que al dispararlo desplegaban hermosas figuras en el cielo. Naturalmente los cohetes chinos alborotaban el ambiente y muchas veces nos explotaban en las manos con las consiguientes lesiones.
Así transcurría la velada de Noche Buena en una familia de clase media de Bani del centro del pueblo. En buena parte de los hogares tal era la tradición para luego, o ir a la misa del Gallo, o esperar a los amigos que se presentaban en los hogares llegando al filo de la media noche para compartir un rato entre amigos. También aprovechaban para degustar de la sabrosa cena que se había preparado horas antes.
Fabio R. Herrera-Miniño
Articulista






