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Firme | Cuando los amigos no dicen adiós

Este año del coronavirus no sólo nos deprime y constriñe por habernos reducido la vida como nunca habíamos imaginado y por su carga de muertes, que incluye a amigos del alma, como el compañero Víctor Víctor o el eterno emprendedor Príamo Rodríguez, sino también por haber impedido la despedida que merecían, por al igual el jurista sin mácula Emigdio Valenzuela, el querido Teórico Jimmy Sierra, o el inmenso sindicalista Francisco Santos, víctimas de crueles enfermedades.

Cuando los compañeros se van, siempre nos disminuyen, pero la tristeza es infinita cuando nos dejan de repente, sin poder decir adiós, recluidos y aislados, y si tenemos que sustituir los abrazos solidarios con los familiares y compañeros por dramáticos toques de hombros y codos. Evidencia del declive y recordatorio de que la vida humana es apenas un soplo en la inconmensurable levedad del tiempo.

Una noche se despedía después de haber repasado el inmenso deterioro de la ética, los valores humanos y la decencia política. Entró al ascensor y lo detuvo con sus brazos para soltar un testamento: “Mire hermano, yo me voy a morir honrado, siquiera para hacérselo de maldad a tantos vagabundos”. Emigdio Valenzuela cumplió su palabra y honró la abogacía en todas sus dimensiones, hasta el hálito final el 14 de septiembre, consumido por una degeneración neurológica.

Vivió por y para el derecho y en las últimas entrevistas que le hicimos por televisión exigía reacción de la sociedad. Emigdio fue de los abogados que asumieron generosamente mi defensa en 1996 cuando el teniente Severino me cantó dos años de prisión y tres millones de pesos de multa, por haber documentado en un libro el “Trauma Electoral” de 1994. Junto al inolvidable Pascal Peña, y el ahora juez Modesto Martínez bregaron dos años hasta lograr la anulación de aquel linchamiento político.

Jimmy Sierra libraba una de sus tantas batallas, dando el frente al cáncer que no pudo vencerlo, pero una repentina afección cardiovascular lo sorprendió el 18 de agosto. El Teórico de tantos ensueños, que siempre estuvo ahí para escribir las crónicas de los atrevimientos de su generación, la de los duros años sesenta y setenta, no pudo despedirse.

Fue todo un canto de entrega a las utopías de su generación, pero con muchas realizaciones patentes en los libros que publicó, en una valiosa colección de documentales, en teatro y crónicas periodísticas. Salimos de los 7 Dias con el Pueblo, convencidos de que estábamos creando una nueva forma de participación de los trabajadores, y el Teórico era de los que salía por los sindicatos a repartir el semanario Firme, con el que en 1975 ratificábamos nuestro compromiso con los obreros.

Era con la CGT de Francisco Santos, quien también se nos fue casi anónimo en abril, reducido por degeneración neurológica. Santos, como Julito de Peña y Henry Molina, dejó un inmenso legado de defensa de los trabajadores. Murió en la pobreza, tras más de una década de enfermedad, ligero de equipaje y su sepultura fue un ritual triste de melancolía.

De esos mismos sueños era el compromiso de Víctor Víctor, a quien el Covid-19 se llevó sin apelación el 16 de julio, desolando a una gran parte de la sociedad que disfrutó su alma de barrio y así es mi amor, y el camino de los amantes, a ritmo de sones como en boleros o bachatas, que como quiera tenían el sello de la ternura musical. En un twiter dejó impresa su lápida: “muero todas las noches y resucito todas las mañanas”.

Nunca le tembló la guitarra para cantarle al pueblo en cuanta jornada social surgía por todo el país, desde Nueva Forma hasta su grupo La Vellonera, con el que en los últimos años nos convocaba a Casa de Teatro o a Lucía, y siempre retozábamos con su risa ancha y socarrona. Su partida nos remitió a la memoria de Sonia Silvestre, con la que compartimos bohemias y proclamas, quien también nos dejó prematuramente.

Príamo Rodríguez fue un inmenso empresario, extraordinariamente exitoso, con la Universidad privada de mayor alumnado, hasta en la frontera, sustentando el histórico diario La Información en su Santiago, o rescatando un edificio que se hundía para convertirlo en Centro de Convenciones y en múltiples iniciativas más.

Humilde, nunca pretendió erigirse un monumento, lo recuerdo llegando a casa cargando una enorme canasta de frutas cuando en el 2013 sufrí un grave accidente automovilístico, en días en que fanáticos pedían mi muerte por “traidor a la patria”. Cuatro años después llegó al extremo de conferirme un doctorado Honoris Causa de su Universidad Tecnológica de Santiago. La pandemia nos privó de ese gran emprendedor el 5 de agosto.-

Juan Bolívar Díaz
Periodista

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