Por Prensa Latina
SANTO DOMINGO, República Dominicana.- Faltan apenas tres días para que el pebetero vuelva a encenderse en Santo Domingo y la ciudad sea sede de la edición del centenario de los Juegos Centroamericanos y del Caribe (JCC), símbolo de integración regional a través del deporte.
Las instalaciones deportivas viven sus últimos preparativos y, desde el fin de semana, la capital dominicana comenzó a recibir a miles de atletas, entrenadores, jueces, oficiales y visitantes para la justa deportiva.
El Centro Olímpico Juan Pablo Duarte ya respira ambiente de Juegos, el Estadio Félix Sánchez se prepara para la ceremonia inaugural el próximo 24 de julio y las banderas de los países participantes comienzan a aparecer en distintos puntos de la ciudad.
Todavía no se ha disputado la primera medalla, pero el ambiente anuncia que la cita está por comenzar oficialmente.
Cuando Santo Domingo inaugure los JCC no solo abrirá las puertas a una nueva edición del certamen deportivo regional más antiguo del mundo; también celebrará el centenario de una idea que ha sobrevivido a guerras, crisis económicas, tensiones políticas y transformaciones sociales.
Hace 100 años, México impulsó la creación de un evento que trascendiera la competencia. Su propósito era ofrecer a los países de Centroamérica y el Caribe un espacio permanente de encuentro, cooperación e intercambio, en una zona caracterizada por su diversidad cultural, lingüística y política.
La primera edición, celebrada en Ciudad de México en 1926 con la participación solo de Cuba, Guatemala y el país anfitrión, confirmó que aquella iniciativa respondía a una necesidad regional. Desde entonces, el encuentro ha acompañado la historia de varias generaciones de atletas.
Durante un siglo, miles de jugadores han recorrido la región llevando consigo mucho más que aspiraciones competitivas. Han construido amistades, intercambiado experiencias y conocido realidades distintas a las propias.
Esa convivencia ha fortalecido una identidad centroamericana y caribeña que difícilmente habría podido consolidarse únicamente mediante los canales políticos o diplomáticos.
Cada cuatro años, las villas se convierten en pequeños laboratorios de integración. Allí coinciden idiomas, costumbres y tradiciones diferentes.
Un atleta de Belice comparte la mesa con otro de Cuba; una nadadora de Aruba conversa con una corredora de Guatemala; un entrenador dominicano intercambia experiencias con colegas de Jamaica o Trinidad y Tobago. Son escenas sencillas que rara vez aparecen en las estadísticas, pero que representan uno de los mayores legados de la justa.
La integración también se construye fuera de los escenarios de competición. Las ceremonias de apertura y clausura muestran la riqueza cultural de cada país anfitrión mediante la música, la danza, la gastronomía y las tradiciones populares. Al mismo tiempo, cada delegación lleva consigo su identidad nacional, convirtiendo el certamen en un amplio espacio de intercambio cultural.
Los Juegos también funcionan como una forma de diplomacia deportiva. Incluso en períodos marcados por diferencias ideológicas o tensiones entre gobiernos, ha mantenido abiertos espacios de diálogo y cooperación. Mientras la política levantaba barreras, los atletas continuaban encontrándose en las pistas, las piscinas, los gimnasios y los estadios, recordando que la competencia no excluye el respeto mutuo.
Otro de sus mayores aportes ha sido ofrecer visibilidad a países con escasa presencia en los grandes escenarios internacionales. Para muchas naciones del Caribe y Centroamérica, los Juegos constituyen el principal espacio para medir el crecimiento de sus programas, descubrir nuevos talentos y fortalecer sus estructuras competitivas.
Cada edición deja, además, un legado que trasciende la infraestructura. Las ciudades sedes mejoran sus instalaciones, fortalecen su capacidad organizativa y muestran al mundo su patrimonio histórico y cultural. Los visitantes regresan con una visión más amplia del país anfitrión, mientras las instituciones del sector amplían sus redes de cooperación.
La celebración del centenario en Santo Domingo adquiere por ello un significado especial. La República Dominicana vuelve a recibir por tercera ocasión el principal acontecimiento deportivo de la región consciente de que durante las próximas semanas será la casa de más de una treintena de países y territorios unidos por una misma pasión.
Cuando desfilen las delegaciones durante la ceremonia inaugural, cada atleta representará a su nación. Pero también formará parte de una comunidad regional que desde hace 100 años encuentra en el deporte un espacio de encuentro, cooperación y reconocimiento mutuo.
Dentro de unos días comenzarán las finales, caerán récords y surgirán nuevos campeones. Las tablas de medallas volverán a ocupar titulares y sus protagonistas escribirán un nuevo capítulo de la historia regional.
Sin embargo, el mayor triunfo de la edición XXV probablemente ocurra lejos de los podios.
Sucederá cuando dos atletas de países distintos se abracen después de una competencia; cuando un voluntario ayude a un visitante extranjero a descubrir la ciudad; cuando las banderas desfilen juntas en la ceremonia inaugural o cuando un joven comprenda que, más allá del tamaño de su país o del idioma que habla, comparte con los demás una misma historia caribeña y centroamericana.
Quizá esa sea la mayor contribución de los Juegos durante su primer siglo de existencia.






