Por Carlos Segura
No tendríamos de qué sorprendernos si, antes de terminar su mandato, decide cambiar su nombre de Donald a Americus: jefe de América y de los americanos, desde Groenlandia hasta el cabo Froward, en el extremo sur de Chile.
llamados países en desarrollo han salido jefes de Estado que cuadran perfectamente en el Macondo que nos describe García Márquez. Uno de ellos fue Saparmurat Níyazov, el primer presidente autoritario de Turkmenistán, a quien el culto a la personalidad llevó al delirio hasta terminar adoptando el nombre de Turkmenbashi, que significa «jefe de los turcomanos» (gentilicio de los habitantes de Turkmenistán), un país bananero sin que allí se cultiven bananas. Esto es lo mismo en lo que se ha convertido Estados Unidos durante el mandato de su cuadragésimo séptimo presidente.

Sociólogo
Pero el actual inquilino de la Casa Blanca (quien se cree su dueño) ha ido mucho más lejos en su megalomanía. Comenzó por bautizar con su nombre todas sus propiedades: la Trump Tower, en Nueva York; la Trump Organization, sede de su emporio financiero; el Trump International Hotel and Tower, en Chicago; la Trump World Tower, torre residencial cerca de la sede de la ONU en Nueva York; el Trump International Hotel, en Las Vegas; y los Trump National Golf Clubs, repartidos en diferentes estados.
Una vez en la presidencia, procedió a rebautizar con su nombre varios lugares públicos, como el Kennedy Center en Washington D. C., el Instituto de Estados Unidos para la Paz (USIP) y el Aeropuerto Internacional de Palm Beach, Florida. Además, una edición limitada del pasaporte estadounidense, conmemorativa del 250.º aniversario de la independencia, incluye su retrato, y la última generación de aviones furtivos, que reemplazará al F-22, se llama F-47 en honor al 47.º presidente.
Como su megalomanía no cabe en el vasto territorio de Estados Unidos, sus dos palabras preferidas (aparte de tarifas) —Trump y América— han sido utilizadas para rebautizar otros lugares en patio ajeno, como el golfo de México o el lago Ontario.
Para su gran satisfacción, a los megalómanos nunca les faltan aduladores: varios gobiernos extranjeros han querido honrarlo bautizando con su nombre algunas instituciones o proyectos. En Marruecos se planificó una autopista de 1050 kilómetros que conectaría Tiznit y Dajla, mientras que en Israel (no podía faltar) se propuso el asentamiento Trump Heights (Ramat Trump).
No tendríamos de qué sorprendernos si, antes de terminar su mandato, decide cambiar su nombre de Donald a Americus: jefe de América y de lo






