En la vida política marcar la diferencia es vital, es la manera de afirmar, reafirmar o precisar la identidad de una colectividad basada en un conjunto de ideas, misión y visión que la distingue de otras y, por tanto, pertenecer a ella supone la adhesión a estas cualidades identitarias. En nuestro país hay una generalizada percepción de que, en general, no existe una diferencia sustancial entre los principales partidos con relación a sus propuestas, ni entre los aspirantes a la presidencia de la república y demás cargos electivos por voto popular en las instituciones del Estado. Esa inexistencia significa que las propuestas, en esencia, no van más allá del genérico “con nosotros, o conmigo, las cosas irán mejor”.

Sociólogo
Son adversarios porque sus luchas son por el poder, pero no tienen una diferencia sustancial porque carecen de un proyecto de hegemonía basado en un proyecto claro de sociedad. Por lo tanto, los tres partidos principales del sistema carecen de una posición frente a los grandes consorcios que poseen, controlan y depredan los recursos naturales del país, que tienen el monopolio de las tierras más productivas y el control de las líneas de distribución de los productos agrícolas, que determinan los altos precios de los suelos edificables, de las viviendas y del alto costo de la vida. Tampoco sobre cómo dar respuesta institucional a un sistema de movilidad mayoritariamente sometido a la férula de particulares.
De igual modo, cómo tener una política internacional de defensa de la soberanía nacional no limitada al mito de la “invasión” migratoria, que es el centro del discurso de la Internacional Reaccionaria y asumiendo los elementos esenciales de las posiciones del concierto de naciones que se oponen al genocidio que en nombre de la limpieza étnica lleva a efecto el gobierno israelí en Palestina y que defienden el multilateralismo como forma de enfrentar los grandes conflictos de carácter político, bélico, fronterizo, migratorio y económico que jalonan el mundo actual. En torno a estos temas los partidos y sus eventuales candidatos a las próximas elecciones están compelidos a fijar sus posiciones, a marcar sus diferencias.
Hasta el momento, en sus discursos, no se han referido a estos temas, se han limitado a las descalificaciones, a la demanda de reglas para un discurrir de los procesos eleccionarios internos, al desconocimiento absoluto de las realizaciones de los gobiernos del partido contrario cuando ha sido poder e incluso a la denuncia de fraude por parte de alguna o varias fracciones partidarias. ¿Qué puede esperarse de un partido que elige sus candidatos sobre la base del fraude? Absolutamente nada que no sea fraudes en la administración de la cosa pública. La indefinición frente a los grandes problemas, sin la expresa voluntad de enfrentarlos, hace borrosa la identidad de las colectividades políticas y de ellas surgen gobiernos esencialmente ineficaces.
Los discursos genéricos, hueros, basados en promesas de carácter populista y no en un compromiso social basado en ideas claras sobre porqué se asumen y cómo las ejecutarán puede causar entusiasmo en la gente. Pero el poder que surja de esos discursos es igualmente huero, sin posibilidad de cambiar o mejor sustancialmente las condiciones de vida de la gente ni el progresivo deterioro social y moral en que discurre la vida cotidiana de esta sociedad. Esa circunstancia, en parte, constituye uno de los factores determinantes de la sostenible desafección política de grandes grupos de individuos, que convierte en indiferencia primero y en abstención electoral después Es el drama de la mayoría de los gobiernos en la época actual y una de las principales razones de la crisis de la democracia.
Las ideas tienen fuerza material cuando entran en la cabeza de la gente, es una expresión de manual, casi de sentido común, pero si esas ideas son simples enunciados generalmente basados en mitos. De los gobiernos que surjan de ellas no habrá nada que esperar. Como decía, Gramsci, todo gobierno o colectividad política necesita líderes, o jefes que asuman la dirección y estimulen la participación, pero las ideas de estos no surgen sólo de sus cabezas, sino que son colectivamente elaboradas y articuladas. Colectivamente interiorizadas para convertirse en la fuerza material en que se sostenga un proyecto de sociedad, que den sustancia, coherencia y sentido de trascendencia.
Cierto es que no vivimos la pasada época de las adhesiones al grandes de ideas o proyectos de sociedad, la complejidad del mundo actual ha demostrado la insuficiencia de los supuestos de esas grandes ideas del pasado, pero aún hoy ningún jefe o partido de gobierno puede lograr resultados social y políticamente trascendentes si no se asienta en un proyecto de sociedad de sólido contenido social. Pero no solo eso, sino que es la mejor forma de evitar o resistir la entronización de formas de gobiernos esencialmente negadoras de las libertades, populistas, de derecha y de vocación continuista. Hay partidos y aspirantes presidenciales que han asumido elementos esenciales del discurso de ese tipo de gobierno hoy en auge.
Por consiguiente, el partido o candidato que asuma un proyecto de transformación social sostenible y que además tengan la fuerza suficiente para ser poder, marcará la diferencia. Desafortunadamente, hasta ahora esto es sólo lo deseable.






