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Envejecer con belleza

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Por Carlos Segura

Para mí hoy es un día especial, ¿y qué mejor manera de decirlo que con unos versos del poema Envejecer con belleza, del poeta quebequense Félix Leclerc?

Envejecer con belleza es envejecer con el corazón, sin remordimientos, sin pesares, sin mirar la hora. Seguir adelante, sin sentir temor, porque a cada edad le corresponde una felicidad.

Carlos Segura
Sociólogo

A decir verdad, todos los días son especiales; nunca se repiten de la misma manera; pero cumplir hoy 75 años me hace pensar que algo se suma a esas pequeñas cosas que dan a cada día su sentido único: un ardiente y aromático café cuando la naturaleza y yo abrimos los ojos, el alucinante tono rojizo con que se viste el horizonte matutino, el canto de los pájaros, el olor de la lluvia, una sonrisa compartida, un «te quiero»… Se suma a estos placeres simples el privilegio de haber vivido ya tres cuartos de siglo.

Solo uno de mis cuatro abuelos tuvo la dicha de sobrepasar esa edad, poco común hace apenas unas décadas e impensable en la antigüedad, cuando a los 5 o 6 años ya se estaba trabajando en el campo (no existía la niñez), a los 15 o 16 casado o peleando en la guerra (tampoco existía la juventud) y mucho menos la vejez, ya que a los 30 o 35 generalmente se partía de este mundo.

La vejez —perdón, la suma de años (me siento de 25 con 50 de entrenamiento)— es, pues, un privilegio de la modernidad.

A los 75 ya no solo celebramos un año más de vida: celebramos una trayectoria rica en recuerdos y en valiosos reencuentros entre familiares y amigos.

Cada arruga cuenta una historia, cada recuerdo contiene una lección; podría incluso pensarse que ya estamos capacitados para dar consejos sobre todo. Rechazo esa idea: haber acumulado años no siempre nos hace sabios.

Más que como un sabio maestro, prefiero pensarme como un alumno de la escuela de la vida que continúa entrenándose para envejecer con belleza.

Parafraseando a Félix Leclerc, entrenándome para envejecer de manera positiva, sin llorar por los recuerdos de antaño y sintiéndome orgulloso de peinar mis canas, porque para ser feliz todavía me queda tiempo.

Cuando la parca venga por mí, como sé que su abrazo no duele, la recibiré como mi último momento de felicidad. Ella es parte de la vida, como el naufragio del sol en el horizonte al caer el día, una lágrima de luz que se desprende del cielo en la oscuridad de la noche, el danzar de las hojas que caen de los árboles durante las tardes otoñales… En fin, parte de todas esas cosas simples que me aportaron felicidad.

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