{"id":293688,"date":"2017-09-06T05:01:11","date_gmt":"2017-09-06T09:01:11","guid":{"rendered":"http:\/\/primermomento.com\/?p=293688"},"modified":"2017-09-06T21:03:43","modified_gmt":"2017-09-07T01:03:43","slug":"malograda","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/primermomento.com\/?p=293688","title":{"rendered":"Malograda"},"content":{"rendered":"<p>Atardeci\u00f3 lloviendo y la humedad asqueaba el ambiente. Todo era insoportable. Las nubes cubr\u00edan la ciudad, pero ni el manto gris era suficiente para cubrir las casas y los edificios, la gente y los perros, ni tampoco el des\u00e1nimo que rodeaba aquel espacio vac\u00edo en que circundaba aquella joven desesperada.<\/p>\n<p><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"size-medium wp-image-291946 alignleft\" src=\"http:\/\/primermomento.com\/wp-content\/uploads\/2017\/07\/RosarioEspinal-300x180.jpg\" alt=\"\" width=\"300\" height=\"180\" srcset=\"https:\/\/primermomento.com\/wp-content\/uploads\/2017\/07\/RosarioEspinal-300x180.jpg 300w, https:\/\/primermomento.com\/wp-content\/uploads\/2017\/07\/RosarioEspinal-110x66.jpg 110w, https:\/\/primermomento.com\/wp-content\/uploads\/2017\/07\/RosarioEspinal.jpg 500w, https:\/\/primermomento.com\/wp-content\/uploads\/2017\/07\/RosarioEspinal-280x168.jpg 280w, https:\/\/primermomento.com\/wp-content\/uploads\/2017\/07\/RosarioEspinal-118x71.jpg 118w, https:\/\/primermomento.com\/wp-content\/uploads\/2017\/07\/RosarioEspinal-479x287.jpg 479w\" sizes=\"auto, (max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/>No hab\u00eda dormido la noche anterior. Se par\u00f3 en la ventana a contemplar la intensidad de la lluvia, la lentitud del tiempo, a sentir el dolor. El cielo parec\u00eda caer si no paraban r\u00e1pido aquellos chorros escandalosos. Pero volv\u00edan de nuevo, cada vez m\u00e1s fuertes.<\/p>\n<p>Se dej\u00f3 envolver en el llanto que compet\u00eda con la lluvia y en el ruido de la atm\u00f3sfera que espantaba sus o\u00eddos. No hab\u00eda lugar m\u00e1s l\u00fagubre y tranquilo para sufrir minuto a minuto, en esa ventana, con la mirada que reflejaba rabia en el espejo empa\u00f1ado, y los ojos asaltados por el miedo.<\/p>\n<p>Llorar\u00eda hasta que se agotaran sus lagrimas, o hasta que sus ojos aguantaran; o quiz\u00e1s hasta que pararan los chorros de lluvia, o hasta que la tierra dejara de oler a mojado.<\/p>\n<p>Estaba cansada de sufrir tanto, de callar, esperar, de aguantar en silencio; de no poder moverse, ni insultar, ni culpar. Pasaron las horas y no sucedi\u00f3 nada; igual que como hab\u00edan pasado meses, a\u00f1os.<\/p>\n<p>Estaba desolada y perturbada. Al diablo con todos, dec\u00eda en su cabeza en piruetas; o tal vez m\u00e1s l\u00facida que antes, cuando no se atrev\u00eda ni siquiera a llorar. Estuvo m\u00e1s de seis horas contemplando la lluvia.<\/p>\n<p>Un vaso de agua cerca, unas cuantas frutas arruinadas, y algunas pastillas que siempre adormec\u00edan su alma. Prendi\u00f3 el televisor, pens\u00f3 en su madre, en su abuela, en el Padre, el Hijo y el Esp\u00edritu Santo.<\/p>\n<p>No dej\u00f3 un rinc\u00f3n sin escarbar, un recuerdo sin levantar. Le ayudaba la lluvia que iba y volv\u00eda sin terminar. Luego escuch\u00f3 su canci\u00f3n favorita y comenz\u00f3 de nuevo a llorar.<\/p>\n<p>Eran ya las cinco de la madrugada. Record\u00f3 claramente el d\u00eda en que su padre la malogr\u00f3. No fue un d\u00eda cualquiera, tampoco una tarde, ni siquiera una noche o un momento. Fue por largo tiempo. En su cabeza circulaban los episodios que le hab\u00edan podrido el alma; tantas veces en que perdi\u00f3 su aliento y su sexo. Desde entonces call\u00f3 y se le escap\u00f3 la mirada entre los sesos.<\/p>\n<p>Segu\u00eda lloviendo y el ruido interno se hac\u00eda insoportable. No pod\u00eda dormir. La humedad de la calle mojaba la casita inh\u00f3spita en que habitaba. Escuch\u00f3 los pasos de su agresor y se arrop\u00f3 como si la s\u00e1bana fuera una prisi\u00f3n de alta seguridad. Todo giraba en su cabeza y en su est\u00f3mago. Su pelo cubr\u00eda sus ojos que se agitaban igual que ella; sent\u00eda un dolor intenso.<\/p>\n<p>El viento soplaba en la calle, los objetos colgantes se mov\u00edan, los pasos volvieron a sonar, pero esta vez no en direcci\u00f3n a ella. Mir\u00f3 las pastillas y se tir\u00f3 al suelo. Intent\u00f3 alcanzarlas, pero no pod\u00eda. Su cuerpo no reaccionaba, se hab\u00eda secado su llanto, no sab\u00eda si la lluvia hab\u00eda parado o continuaba atorment\u00e1ndola.<\/p>\n<p>No ha sido \u00e9l, no pudo ser. \u00bfLo so\u00f1\u00f3? \u00bfLo invent\u00f3? \u00a1Pero no! El recuerdo era muy fuerte, muy cierto, para seguir pretendiendo el olvido, para encubrir ese hombre que debi\u00f3 quererla y cuidarla, atenderla y mimarla; no malograrla.<\/p>\n<p>[Dedicado a las ni\u00f1as y j\u00f3venes dominicanas que hoy sufren los efectos devastadores del incesto, muchas veces ante la indiferencia de sus familias y la sociedad que lo declara impensable, o culpa a las v\u00edctimas de su desgracia].<\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><span style=\"color: #ff0000;\">Rosario Espinal<\/span><br \/>\n<span style=\"color: #ff0000;\"><em>Soci\u00f3loga y profesora universitaria<\/em><\/span><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Atardeci\u00f3 lloviendo y la humedad asqueaba el ambiente. 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