{"id":465204,"date":"2026-04-24T06:28:43","date_gmt":"2026-04-24T10:28:43","guid":{"rendered":"https:\/\/primermomento.com\/?p=465204"},"modified":"2026-04-24T17:52:19","modified_gmt":"2026-04-24T21:52:19","slug":"ortega-y-gasset-y-el-rol-de-las-universidades","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/primermomento.com\/?p=465204","title":{"rendered":"Ortega y Gasset y el rol de las universidades"},"content":{"rendered":"<p align=\"right\">\u201cLa universidad no es para servir a la t\u00e9cnica; es para formar a la humanidad pensante\u201d\u00a0Ortega y Gasset,\u00a0<i>Misi\u00f3n de la Universidad<\/i>, 1930, p. 27.<\/p>\n<p>No podemos comprender el pensamiento filos\u00f3fico del siglo XXI en el \u00e1mbito hispanoamericano sin la figura de\u00a0Jos\u00e9 Ortega y Gasset\u00a0(1883-1955), un intelectual y ensayista cuya vasta obra representa un di\u00e1logo tenso y fecundo con la modernidad europea. Ortega, profundamente preocupado por el destino de Espa\u00f1a y por la crisis de la cultura occidental, dedic\u00f3 una parte fundamental de su trabajo filos\u00f3fico al papel de las instituciones y a la urgencia de la formaci\u00f3n humana. Fue en este contexto de honda preocupaci\u00f3n donde cristaliz\u00f3 su meditaci\u00f3n sobre el destino de las instituciones acad\u00e9micas que hoy intentaremos analizar, como siempre, desde un punto de vista cr\u00edtico.<\/p>\n<figure id=\"attachment_388231\" aria-describedby=\"caption-attachment-388231\" style=\"width: 223px\" class=\"wp-caption alignleft\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"size-full wp-image-388231\" src=\"https:\/\/primermomento.com\/wp-content\/uploads\/2023\/05\/Lisandro-Prieto-Femenia.jpg\" alt=\"\" width=\"223\" height=\"224\" srcset=\"https:\/\/primermomento.com\/wp-content\/uploads\/2023\/05\/Lisandro-Prieto-Femenia.jpg 223w, https:\/\/primermomento.com\/wp-content\/uploads\/2023\/05\/Lisandro-Prieto-Femenia-150x150.jpg 150w\" sizes=\"auto, (max-width: 223px) 100vw, 223px\" \/><figcaption id=\"caption-attachment-388231\" class=\"wp-caption-text\">Lisandro Prieto<br \/>Docente, escritor y fil\u00f3sofo<\/figcaption><\/figure>\n<p>En su ensayo cardinal, \u201cMisi\u00f3n de la universidad\u201d (1930), el fil\u00f3sofo espa\u00f1ol concibi\u00f3 a la universidad no como una estructura administrativa o un centro de instrucci\u00f3n profesional, sino como un proyecto de \u201celevaci\u00f3n\u201d. Para \u00e9l, la academia no existe para servir a la t\u00e9cnica, sino para forjar a la persona a fin de que sea capaz de comprender la profundidad de su tiempo y de dar cuenta de s\u00ed misma. El ideal que all\u00ed se postula es claro y radical: Ortega insiste en que la universidad es, ante todo, una \u201cf\u00e1brica de cultura\u201d, un espacio esencial donde la vida del esp\u00edritu se traduce inexorablemente en responsabilidad social.<\/p>\n<p>El sost\u00e9n de esta labor formativa es lo que llama \u201ccultura general\u201d, esa amplitud de pensamiento que desborda las fronteras de un oficio particular. Para Ortega, esta formaci\u00f3n constituye el fundamento mismo de la libertad intelectual, pues su ausencia condena el saber a una t\u00e9cnica servil. El valor de la cultura es, en su perspectiva, radicalmente pol\u00edtico y existencial, puesto que\u00a0<i>\u201cla cultura es el \u00fanico instrumento que permite a un pueblo conservar la conciencia de s\u00ed mismo\u201d<\/i>\u00a0(Ortega y Gasset, 1930, p. 44). Esta afirmaci\u00f3n plantea que la universidad posee un papel normativo ineludible en la formaci\u00f3n de sujetos que no s\u00f3lo operen en el mundo, sino que sean capaces de comprenderlo y, en consecuencia, de transformarlo.<\/p>\n<p>Tengamos en cuenta que, para Jos\u00e9 Ortega y Gasset, la \u201ccultura general\u201d dista de ser un conjunto de conocimientos ornamentales o un \u201cvago prop\u00f3sito\u201d para disciplinar el car\u00e1cter, como a menudo se le malinterpreta. En la obra precitada, el concepto adquiere un car\u00e1cter vital y fundacional: no es un lujo intelectual, sino una necesidad existencial y una herramienta de orientaci\u00f3n para la vida.<\/p>\n<p>Ortega aclara que la cultura general es, ante todo, el\u00a0sistema de convicciones\u00a0que el hombre de una \u00e9poca posee para poder vivir con firmeza. Es la cartograf\u00eda intelectual que permite al individuo evitar el naufragio vital en el \u201ccaos\u201d de la existencia. \u00c9l lo explicita al contrastar la visi\u00f3n moderna de la cultura con el sentido que ten\u00eda en la universidad fundacional:\u00a0<i>\u201cPero eso que hoy llaman \u00abcultura general\u00bb no lo era para la Edad Media; no era ornato de la mente o disciplina de car\u00e1cter; era, por el contrario,\u00a0el sistema de ideas sobre el mundo y la humanidad que el hombre de entonces pose\u00eda. Era, pues, el repertorio de convicciones que hab\u00eda de dirigir efectivamente su existencia<\/i>\u201d (Ortega y Gasset,\u00a0<i>Misi\u00f3n de la Universidad<\/i>, 1930, pp. 35-36).<\/p>\n<p>De esta forma, la misi\u00f3n primordial de la universidad, seg\u00fan Ortega, consiste en entregar al estudiante el \u201csistema vital\u201d de ideas, el repertorio de convicciones esenciales de su tiempo, para que este no sea un\u00a0\u201cnuevo b\u00e1rbaro\u201d\u00a0que vive ajeno a la verdad de su propia \u00e9poca. La cultura general es, por lo tanto, la capacidad de situarse intelectualmente en el presente para poder actuar con responsabilidad.<\/p>\n<p>La precitada defensa orteguiana de la formaci\u00f3n integral halla un eco poderoso en la tradici\u00f3n\u00a0humboldtiana\u00a0de la\u00a0<i>\u201cBildung\u201d<\/i>. Recordemos que Wilhelm von Humboldt, al proponer una universidad orientada a la formaci\u00f3n del hombre y del ciudadano, uni\u00f3 indisolublemente la investigaci\u00f3n y la ense\u00f1anza. En sus \u201cObras escogidas\u201d, Humboldt afirmaba que la verdadera educaci\u00f3n debe perseguir\u00a0<i>\u201cla formaci\u00f3n integral de las facultades del individuo\u201d<\/i>\u00a0(Humboldt, ed. 1999, p. 112). Esta idea resuena con la tr\u00edada esencial de Ortega: cultura general, investigaci\u00f3n y profesi\u00f3n. El saber que no se renueva constantemente mediante la investigaci\u00f3n no es digno de ser ense\u00f1ado, pues s\u00f3lo una universidad que investiga puede mantener viva la cultura que moldea el juicio y desborda el simple peritaje t\u00e9cnico.<\/p>\n<p>Por su parte, John Henry Newman, desde \u201cThe idea of a university\u201d, converge en este ideal al defender la ense\u00f1anza liberal como la cultivaci\u00f3n de la intelectualidad, pues el entendimiento formado es lo que legitima cualquier profesi\u00f3n. As\u00ed, la confluencia de Newman, Humboldt y Ortega instituye una tesis inamovible: la universidad justifica su existencia formando\u00a0sujetos pensantes, no meros proveedores de mano de obra especializada.<\/p>\n<p>No obstante, esta alta aspiraci\u00f3n a la elevaci\u00f3n humana no puede ser sostenida sin confrontar las tensiones y cr\u00edticas que surgen al contacto con la realidad social. Pierre Bourdieu, por ejemplo, al analizar los mecanismos de reproducci\u00f3n, evidenci\u00f3 c\u00f3mo la escuela y las instituciones culturales funcionan como mediadores de las relaciones sociales por medio del concepto de \u201ccapital cultural\u201d. Lo que se manifiesta como m\u00e9rito o \u201cexcelencia intelectual\u201d en el sistema educativo a menudo es, en verdad, un defecto directo de ventajas sociales y culturales previas.<\/p>\n<p>Por ello, Bourdieu advierte severamente que la pretensi\u00f3n de universalizar una cultura \u201celevada\u201d corre el riesgo de homologar criterios que, por su propia definici\u00f3n de \u201calto nivel\u201d, excluyen a las clases subalternas, sirviendo as\u00ed para consolidar jerarqu\u00edas sociales de forma simb\u00f3lica. Desde esta perspectiva, el ideal orteguiano necesita ser sometido a un urgente escrutinio: \u00bfpara qui\u00e9nes est\u00e1 pensada, concretamente, la elevaci\u00f3n cultural? \u00bfNo podr\u00eda la invocaci\u00f3n al \u201calto nivel\u201d funcionar como un dispositivo eficaz para la legitimaci\u00f3n disimulada del privilegio?<\/p>\n<p>Conjuntamente, esta cr\u00edtica se agudiza al considerar las propuestas de Jacques Ranci\u00e8re y Paulo Freire. El primero, con su figura del \u201cmaestro ignorante\u201d, cuestiona la noci\u00f3n de una \u00e9lite docente que jer\u00e1rquicamente transmite saberes mientras que sostiene que la igualdad intr\u00ednseca de las inteligencias obliga a repensar radicalmente los m\u00e9todos pedag\u00f3gicos, demandando una profunda desconfianza hacia toda la pedagog\u00eda que presuma una autoridad epist\u00e9mica incuestionable.<\/p>\n<p>De manera complementaria, Paulo Freire reivindica una pedagog\u00eda dial\u00f3gica y emancipadora que coloca en el centro de la pr\u00e1ctica educativa la experiencia vital y la praxis de los oprimidos. En su \u201cPedagog\u00eda del oprimido\u201d, nos recuerda una verdad fundamental para la acci\u00f3n colectiva:\u00a0<i>\u201cnadie libera a nadie, nadie se libera solo\u201d\u00a0<\/i>(Freire, 1970, p. 54). Aqu\u00ed, el proceso de elevaci\u00f3n no puede, por tanto, confundirse jam\u00e1s con una verticalidad que desconozca o suprima los saberes que emanan de la cultura popular.<\/p>\n<p>Ahora bien, es momento de plantear c\u00f3mo se encuentra la situaci\u00f3n actual de la educaci\u00f3n, en tanto que el desaf\u00edo contempor\u00e1neo de sostener la misi\u00f3n universitaria no reside en un retorno nost\u00e1lgico a un pasado idealizado, sino en una relectura de la aspiraci\u00f3n a la elevaci\u00f3n sobre bases firmemente democr\u00e1ticas y pedag\u00f3gicas. En el mundo occidental en general, y en Hispanoam\u00e9rica en particular, la crisis educativa manifiesta un grave retroceso en la comprensi\u00f3n cr\u00edtica y una cultura acad\u00e9mica progresivamente instrumentalizada y utilizada como unidad b\u00e1sica de ideolog\u00edas posmo-progres importadas.<\/p>\n<p>Esta manipulaci\u00f3n de las instituciones educativas ha conducido a una paradoja perversa: los establecimientos educativos, bajo la l\u00f3gica posmoderna de la eficiencia y la bajada de l\u00ednea nefasta de la imposici\u00f3n de lo \u201cpol\u00edticamente correcto\u201d, no forman ya a personas preparadas para enfrentar los desaf\u00edos y conflictos del mundo en su complejidad, sino que producen sujetos escasamente capacitados para cumplir tareas limitadas y altamente estructuradas. De esta manera, la universidad se ha convertido en un mero engranaje de un sistema laboral que, adem\u00e1s, excluye progresivamente al ser humano a medida que la inteligencia artificial gana terreno en tareas repetitivas y estandarizadas.<\/p>\n<p>La \u201ccultura general\u201d de la que nos hablaba Ortega se ha disipado en la fragmentaci\u00f3n disciplinar y en la utilidad inmediata. Este fen\u00f3meno ya fue advertido por\u00a0Alasdair MacIntyre, cuyo llamado a recuperar la tradici\u00f3n como marco moral e intelectual se vuelve acuciante, pues la universidad sin un sentido teleol\u00f3gico claro es incapaz de resistir la colonizaci\u00f3n tecnocr\u00e1tica que reduce la educaci\u00f3n a capital humano. El saber, desprovisto de su horizonte \u00e9tico y de una formaci\u00f3n integral, se convierte en una herramienta ciega, destinada a una obsolescencia acelerada por la m\u00e1quina. La universidad se enfrenta as\u00ed a la doble presi\u00f3n de atender las demandas perentorias del mercado sin sucumbir a la l\u00f3gica de la m\u00e1quina. Entonces, la pregunta orteguiana se reformula con una insistencia dolorosa: \u00bfc\u00f3mo formamos seres humanos capaces de entender la sociedad y de intervenir \u00e9ticamente en ella, si el sistema los entrena para ser obsoletos ante la m\u00e1quina?<\/p>\n<p>Recuperar el ideal orteguiano exige una v\u00eda que, primero, reintegre la investigaci\u00f3n y la docencia como procesos rec\u00edprocos e interdependientes, pues la universidad que ense\u00f1a a pensar vitaliza la investigaci\u00f3n, y s\u00f3lo la investigaci\u00f3n nutre la ense\u00f1anza vigorosa. En segundo lugar, demanda la renovaci\u00f3n de la cultura general, no como un canon fijo y excluyente, sino como una apertura cr\u00edtica a m\u00faltiples tradiciones y pr\u00e1cticas culturales, incluyendo expl\u00edcitamente las esferas populares y subalternas. En tercer lugar, las pr\u00e1cticas pedag\u00f3gicas requieren ser democratizadas mediante m\u00e9todos dial\u00f3gicos y espacios de producci\u00f3n colectiva del conocimiento, lo que desactivar\u00eda la verticalidad excluyente que convirti\u00f3 a la \u201ccasa del saber\u201d en un antro elitista, habitado por una casta acad\u00e9mica, del cual dif\u00edcilmente algo com\u00fan surja en favor de la sociedad que lo sostiene.<\/p>\n<p>En este replanteo, el pensamiento de Hans-Georg Gadamer resulta esencial, puesto que al destacar que la comprensi\u00f3n aut\u00e9ntica es el resultado de un horizonte dialogante y no de la simple acumulaci\u00f3n de datos escondidos, ofrece los recursos para una pedagog\u00eda hermen\u00e9utica que eduque para la interpretaci\u00f3n cr\u00edtica y la apertura a la alteridad. Gadamer lo expresa mucho mejor que yo, al indicar que\u00a0<i>\u201ccomprender no es un acto cognoscitivo aislado, sino participaci\u00f3n en un di\u00e1logo con la tradici\u00f3n\u201d\u00a0<\/i>(Gadamer,\u00a0<i>Verdad y m\u00e9todo<\/i>, 1960\/1986, p. 102). Pues bien, al integrar la novedad y la tradici\u00f3n en un continuo proceso intelectual, la universidad podr\u00eda cultivar la continuidad sin caer en la clausura dogm\u00e1tica.<\/p>\n<p>Lo decisivo aqu\u00ed, m\u00e1s all\u00e1 de las medidas instrumentales de becas o cupos, es reinstaurar la idea fundacional de la universidad como espacio \u00e9tico para elevar la experiencia humana mediante la reflexi\u00f3n colectiva: un lugar donde el saber se transmuta en un juicio responsable, y donde la t\u00e9cnica se somete a los m\u00e1s altos fines humanos.<\/p>\n<p>En definitiva, queridos lectores, la gran apuesta por la educaci\u00f3n como elevaci\u00f3n es una apuesta por la democracia de las inteligencias y por la apertura hermen\u00e9utica ante la otredad. La misi\u00f3n universitaria, que oscila entre la excelencia exigida por Ortega y la justicia demandada por Freire, nos deja en la m\u00e1s \u00edntima de las encrucijadas. Si la elevaci\u00f3n implica la profunda transformaci\u00f3n de nuestro modo de ser en el mundo, \u00bfc\u00f3mo puede la universidad contempor\u00e1nea articular, sin falsas dicotom\u00edas, el\u00a0rigor intelectual\u00a0con la\u00a0justicia educativa, la\u00a0tradici\u00f3n\u00a0con la\u00a0creatividad\u00a0radical, y la\u00a0investigaci\u00f3n de frontera\u00a0con el\u00a0compromiso social\u00a0ineludible? \u00bfY no es la colonizaci\u00f3n tecnocr\u00e1tica e ideol\u00f3gica que hoy padecemos el precio de haber olvidado el aviso de que la formaci\u00f3n del entendimiento debe preceder y enmarcar la capacitaci\u00f3n de la mano de obra, haci\u00e9ndonos ahora vulnerables a la obsolescencia programada por la tecnolog\u00eda?<\/p>\n<p>Queda, finalmente, la pregunta que nos interpela con mayor peso moral y exigencia: \u00bfEstamos realmente dispuestos, como comunidad acad\u00e9mica y como ciudadanos, a que la universidad nos someta a su proceso transformador -no para convertirnos en piezas \u00fatiles y serviles del engranaje productivo, sino para forjarnos como sujetos en perenne b\u00fasqueda de la verdad- y a sostener, con el esfuerzo colectivo m\u00e1s arduo, esa formaci\u00f3n que dignifica al esp\u00edritu y al pueblo? El destino de la cultura, advert\u00eda Ortega, depende de esa respuesta.<\/p>\n<p>Referencias bibliogr\u00e1ficas<\/p>\n<p>\u00b7\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0Bourdieu, P. (1973).\u00a0<i>La reproducci\u00f3n: elementos para una teor\u00eda del sistema de ense\u00f1anza<\/i>. Siglo XXI Editores.<\/p>\n<p>\u00b7\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0Freire, P. (1970).\u00a0<i>Pedagog\u00eda del oprimido<\/i>. Siglo XXI Editores. (Cita textual: p. 54).<\/p>\n<p>\u00b7\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0Gadamer, H.-G. (1986).\u00a0<i>Verdad y m\u00e9todo<\/i>\u00a0(2.\u00aa ed., J. M. Alonso, trad.; obra original publicada en 1960). S\u00edntesis. (Cita en el texto: p. 102).<\/p>\n<p>\u00b7\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0Humboldt, W. von. (1999).\u00a0<i>Obras escogidas: textos sobre filosof\u00eda de la educaci\u00f3n y la universidad<\/i>\u00a0(Ed. cr\u00edtica). Fondo de Cultura Econ\u00f3mica. (Cita en el texto: p. 112).<\/p>\n<p>\u00b7\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0<span lang=\"EN-US\">MacIntyre, A. (2009).\u00a0<i>God, Philosophy, Universities: A Selective History of the Catholic Philosophical Tradition<\/i>.\u00a0<\/span>University of Notre Dame Press.<\/p>\n<p>\u00b7\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0<span lang=\"EN-US\">Newman, J. H. (1852).\u00a0<i>The Idea of a University<\/i>.\u00a0<\/span>Longmans, Green, and Co.<\/p>\n<p>\u00b7\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0Ortega y Gasset, J. (1930).\u00a0<i>Misi\u00f3n de la Universidad<\/i>. Espasa-Calpe. (Ep\u00edgrafe y citas en el texto: pp. 27, 44).<\/p>\n<p>\u00b7\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0Ortega y Gasset, J. (1930).\u00a0<i>Misi\u00f3n de la Universidad<\/i>. Espasa-Calpe. (Cita textual: pp. 35-36).<\/p>\n<p>\u00b7\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0Ranci\u00e8re, J. (1991).\u00a0<i>El maestro ignorante: cinco lecciones sobre la emancipaci\u00f3n intelectual<\/i>\u00a0(trad. espa\u00f1ola). Paid\u00f3s.<\/p>\n<p>\u00b7\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0Vasconcelos, J. (1925).\u00a0<i>La raza c\u00f3smica: misi\u00f3n de la raza iberoamericana<\/i>. Editorial Porr\u00faa.<\/p>\n<p>\u00b7\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0\u00a0Maritain, J. (1943).\u00a0<i>Educaci\u00f3n y cultura<\/i>. Fondo de Cultura Econ\u00f3mica.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>\u201cLa universidad no es para servir a la t\u00e9cnica; es para formar a la humanidad pensante\u201d\u00a0Ortega y Gasset,\u00a0Misi\u00f3n de la Universidad, 1930, p. 27. 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