{"id":465691,"date":"2026-05-01T05:30:55","date_gmt":"2026-05-01T09:30:55","guid":{"rendered":"https:\/\/primermomento.com\/?p=465691"},"modified":"2026-05-01T13:10:25","modified_gmt":"2026-05-01T17:10:25","slug":"intentando-comprender-el-misterio-del-suicidio","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/primermomento.com\/?p=465691","title":{"rendered":"Intentando comprender el misterio del suicidio"},"content":{"rendered":"<p><strong><em>Por <span style=\"color: #ff0000;\">Lisandro Prieto<\/span><\/em><\/strong><\/p>\n<p style=\"text-align: right;\"><em>\u201cNo es la vida, es el tiempo lo que resulta insoportable. Por eso no es el deseo de morir, sino el deseo de no haber sido nunca lo que constituye la esencia del hast\u00edo\u201d (Cioran, 1973\/1981, p. 54).<\/em><\/p>\n<p>La pregunta por la permanencia en el mundo no es una cuesti\u00f3n que deba abordarse desde la frialdad de los conceptos, sino desde el respeto sagrado por el misterio de la fragilidad humana. Cuando nos enfrentamos a la tr\u00e1gica decisi\u00f3n de un ser querido de interrumpir su existencia, nos hallamos en un territorio donde las palabras resultan insuficientes y el alma se siente desguarnecida ante un interrogante que parece no tener respuesta. No es posible, ni humano, reducir este acto a una condena moral o a un diagn\u00f3stico cl\u00ednico despojado de sensibilidad. El suicidio, en su penosa realidad, es un grito de auxilio que se apaga, una interpelaci\u00f3n que nos convoca no al juicio \u00e9tico, sino a la presencia y al acompa\u00f1amiento de quienes quedan en la orilla del duelo. En estas l\u00edneas, nos proponemos reflexionar sobre esta herida abierta mediante una fenomenolog\u00eda de la compasi\u00f3n que dialogue con la ternura y la esperanza que emanan de la espiritualidad y la filosof\u00eda del cuidado.<\/p>\n<figure id=\"attachment_388231\" aria-describedby=\"caption-attachment-388231\" style=\"width: 223px\" class=\"wp-caption alignleft\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" class=\"size-full wp-image-388231\" src=\"https:\/\/primermomento.com\/wp-content\/uploads\/2023\/05\/Lisandro-Prieto-Femenia.jpg\" alt=\"\" width=\"223\" height=\"224\" srcset=\"https:\/\/primermomento.com\/wp-content\/uploads\/2023\/05\/Lisandro-Prieto-Femenia.jpg 223w, https:\/\/primermomento.com\/wp-content\/uploads\/2023\/05\/Lisandro-Prieto-Femenia-150x150.jpg 150w\" sizes=\"auto, (max-width: 223px) 100vw, 223px\" \/><figcaption id=\"caption-attachment-388231\" class=\"wp-caption-text\">Lisandro Prieto<br \/>Docente, escritor y fil\u00f3sofo<\/figcaption><\/figure>\n<p>Para quienes atraviesan la oscuridad de haber perdido a alguien de esta manera, es vital comprender que el ser humano habita a veces paisajes de una soledad tan profunda que el horizonte se torna invisible. La evoluci\u00f3n de las actitudes hacia este acto revela una trayectoria bastante sinuosa: desde el estoicismo antiguo, que ve\u00eda en la retirada voluntaria una garant\u00eda de dignidad frente a la tiran\u00eda, hasta la rigidez de la modernidad que, en su af\u00e1n por el control biopol\u00edtico, termin\u00f3 por estigmatizar al sufriente. No obstante, hoy habitamos una \u00e9poca marcada por cambios sociales vertiginosos que han configurado lo que Byung-Chul Han denomina \u201csociedad del cansancio\u201d. En su obra hom\u00f3nima, Han advierte que el sujeto posmoderno se encuentra bajo la presi\u00f3n de un imperativo de rendimiento que termina por desgastar la mismidad hasta el colapso, puesto que \u201cel exceso de trabajo y rendimiento se agudiza en autoexplotaci\u00f3n. Esta es mucho m\u00e1s eficaz que la explotaci\u00f3n ajena, pues est\u00e1 acompa\u00f1ada de un sentimiento de libertad\u201d (Han, 2010\/2012, p. 30).<\/p>\n<p>Esta autoexplotaci\u00f3n y la tecnificaci\u00f3n de la vida reducen la existencia a una cifra de rendimiento, dejando al individuo alienado de sus propios v\u00ednculos. Resulta necesario preguntarnos si, en medio de esta cultura de la inmediatez, hemos olvidado el arte de sosos los unos a los otros en la debilidad, reconociendo que la autonom\u00eda no es autosuficiencia absoluta, sino una capacidad que s\u00f3lo puede florecer cuando nos sentimos amparados por los dem\u00e1s en nuestra mutua vulnerabilidad.<\/p>\n<p>En la posmodernidad, esta vulnerabilidad adquiere una forma particularmente g\u00e9lida y cruel. Ya no se trata s\u00f3lo de la \u201cnoche oscura\u201d del alma en un sentido espiritual, sino de lo que podr\u00edamos llamar un \u201capag\u00f3n sist\u00e9mico\u201d. En un mundo donde la identidad se ha digitalizado y la psique se ve bombardeada por el flujo ininterrumpido de est\u00edmulos, la persona comienza a experimentar su propia vida como un procesamiento de datos que, llegado a un punto de saturaci\u00f3n, simplemente \u201cse apaga\u201d. Al respecto, Franco \u201cBifo\u201d Berardi, en su an\u00e1lisis sobre la precariedad y la infon\u00f3sfera, sugiere que el colapso mental contempor\u00e1neo es una respuesta a la aceleraci\u00f3n de la infoestimulaci\u00f3n. En su obra Fenomenolog\u00eda del fin, Berardi plantea que el alma ya no puede procesar el exceso de realidad virtual, produciendo una desconexi\u00f3n que se asemeja a un error cr\u00edtico del sistema: \u201cEl ciberespacio es ilimitado, pero el ciber-tiempo, que es la capacidad org\u00e1nica de atenci\u00f3n y elaboraci\u00f3n emocional, es limitado. La aceleraci\u00f3n produce una par\u00e1lisis del juicio y una desensibilizaci\u00f3n\u201d (Berardi, 2011\/2017, p. 84).<\/p>\n<p>Esta met\u00e1fora de la computadora que se apaga no es s\u00f3lo una figura ret\u00f3rica, sino que describe la deshumanizaci\u00f3n de quien se siente como una terminal agotada. Por su parte, Jean Baudrillard, en sus reflexiones sobre el simulacro, nos advert\u00eda que la p\u00e9rdida de contacto con lo real conduce a una indiferencia radical, donde el sentido se desvanece en favor de la pura exposici\u00f3n. En su obra Cultura y simulacro, el precitado autor se\u00f1ala con crudeza que \u201cla informaci\u00f3n devora sus propios contenidos; devora la comunicaci\u00f3n y lo social. [&#8230;] All\u00ed donde pens\u00e1bamos que la informaci\u00f3n produc\u00eda sentido, ocurre lo contrari\u201d (Baudrillard, 1978\/2005, p. 116).<\/p>\n<p>Cuando la vida se convierte en un bucle de im\u00e1genes sin peso y el sentido es devorado por la sobreinformaci\u00f3n, la decisi\u00f3n de salir del juego aparece como un \u00faltimo intento de recuperar una soberan\u00eda perdida, aunque sea a trav\u00e9s de la propia desaparici\u00f3n. Para las familias, este \u201capag\u00f3n\u201d es incomprensible porque sucede en medio de una hiperconectividad aparente, revelando que nunca estuvimos tan solos como cuando estuvimos perpetuamente expuestos a la mirada digital pero ausentes de la caricia humana.<\/p>\n<p>Como podr\u00e1n apreciar, esta desconexi\u00f3n suele percibirse como una tentativa de \u201chuida\u201d, una escapatoria frente a un sufrimiento que se ha vuelto insoportable. Sobre este \u00faltimo aspecto en particular, Arthur Schopenhauer, aunque cr\u00edtico con la noci\u00f3n de que el suicidio fuera un ejercicio de libertad real, entend\u00eda perfectamente el impulso de evasi\u00f3n ante el dolor. Para \u00e9l, el individuo no busca la nada por odio a la vida, sino por el deseo vehemente de dejar de sufrir. Concretamente, en sus escritos afirma que \u201cel suicida quiere la vida, y s\u00f3lo est\u00e1 mal satisfecho con las condiciones en que se le ofrece\u201d (Schopenhauer, 1819\/2009, p. 415).<\/p>\n<p>Desde esta perspectiva, la \u201cfuga\u201d no es una renuncia a la existencia per se, sino un intento desesperado de detener el tiempo de la angustia. Esto lo explica muy bien el gran Albert Camus, en El mito de S\u00edsifo, donde profundizaba en esta dial\u00e9ctica al cuestionar si la huida es una respuesta leg\u00edtima al absurdo o si constituye un \u201csuicidio filos\u00f3fico\u201d que niega la propia capacidad de rebeli\u00f3n. \u201cEscapar\u201d aparece as\u00ed como un refugio ante lo insoportable, pero nos obliga a reflexionar sobre la naturaleza del peso que el sujeto intenta soltar. En definitiva, sit\u00faa este problema en el centro de la labor filos\u00f3fica, entendiendo que la evasi\u00f3n o la permanencia constituyen la respuesta definitiva ante el absurdo, porque para Camus, el interrogante no admite ambig\u00fcedades: \u201cNo hay m\u00e1s que un problema filos\u00f3fico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de ser vivida es responder a la pregunta fundamental de la filosof\u00eda\u201d (Camus, 1942\/2012, p. 15).<\/p>\n<p>Por su parte, Erich Fromm, en su estudio sobre el miedo a la libertad, suger\u00eda que el hombre moderno busca a menudo mecanismos de evasi\u00f3n para escapar de la carga de su propia soledad e insignificancia. Es inevitable que aqu\u00ed nos preguntemos: \u00bfes acaso la partida voluntaria el escal\u00f3n final de una serie de peque\u00f1as huidas cotidianas impuestas por un mundo que no ofrece cobijo al esp\u00edritu? En concreto, Fromm describe esta pulsi\u00f3n de fuga en El miedo a la libertad indicando que \u201cel hombre se siente solo y aislado. Se asusta. Ante este aislamiento puede elegir entre dos caminos: uno lo lleva a la \u00ablibertad positiva\u00bb, [&#8230;] el otro camino es el de retroceder, renunciar a su libertad y tratar de superar su soledad eliminando la brecha que se ha abierto entre su yo individual y el mundo\u201d (Fromm, 1941\/2006, p. 165).<\/p>\n<p>En este punto de la reflexi\u00f3n, es indispensable expresar que este \u201cescape\u201d, sin embargo, deja tras de s\u00ed una estela de desolaci\u00f3n marcada por el sentimiento de culpa de quienes permanecen. El pensamiento pernicioso que susurra \u201cpude haber hecho algo m\u00e1s\u201d se convierte literalmente en una tortura silenciosa para los sobrevivientes. Karl Jaspers, en su an\u00e1lisis sobre la situaci\u00f3n espiritual de nuestro tiempo, hablaba de la \u201cculpa metaf\u00edsica\u201d como esa corresponsabilidad que sentimos por el dolor del otro simplemente por el hecho de ser humanos. No obstante, Jaspers recalca que esta culpa no debe ser un juicio punitivo, sino un reconocimiento de nuestra finitud. En su obra La cuesti\u00f3n de la culpa, se\u00f1ala que \u201cexiste una solidaridad entre los hombres que hace que cada uno sea corresponsable de todo el mal y de toda la injusticia del mundo [&#8230;] pero donde cesa la posibilidad de actuar, cesa tambi\u00e9n la responsabilidad jur\u00eddica y moral, mas no la metaf\u00edsica\u201d (Jaspers, 1946\/1966, p. 54).<\/p>\n<p>Esta distinci\u00f3n es vital para el doliente, puesto que reconocer que hubo un l\u00edmite en su capacidad de acci\u00f3n no es indiferencia, sino aceptaci\u00f3n cruda de nuestra condici\u00f3n propiamente humana. La culpa t\u00f3xica nace de la ilusi\u00f3n de omnipotencia, de creer que pod\u00edamos controlar el abismo interior de otro ser. Por ello, es muy importante recuperar lecturas como las de Joan-Carles M\u00e8lich, quien desde una filosof\u00eda de la finitud, propone que la respuesta no es la b\u00fasqueda de una soluci\u00f3n l\u00f3gica a la culpa, sino la construcci\u00f3n de una \u00e9tica de la compasi\u00f3n que nos permita perdonarnos a nosotros mismos por ser, sencillamente, limitados. En su obra titulada La fragilidad del mundo, M\u00e8lich reflexiona sobre esta imposibilidad de control absoluto y nos explica que \u201cnuestra condici\u00f3n es la de un ser que no se ha dado a s\u00ed mismo el ser, un ser que es desde el principio un ser-con, un ser que depende de los dem\u00e1s, que es vulnerable, que est\u00e1 expuesto. [&#8230;] No podemos evitar que el mundo sea un lugar precario\u201d (M\u00e8lich, 2021, p. 48). Aceptar que no pudimos evitar lo inevitable es el primer paso para que el duelo no se convierta en una celda, sino en una herida que, aunque duela, permita el paso de la luz de la misericordia.<\/p>\n<p>Esta perspectiva tambi\u00e9n nos obliga a revisar profundamente la mirada que tenemos sobre la responsabilidad. A menudo, las familias cargan con el peso de no haber \u201cvisto\u201d, ignorando que la libertad humana es una potencia que se despliega en vasos fr\u00e1giles de barro. La teolog\u00eda cat\u00f3lica nos ofrece aqu\u00ed un b\u00e1lsamo de paz al reconocer los l\u00edmites de la voluntad ante el sufrimiento extremo. Al afirmar la dignidad ontol\u00f3gica de la persona por ser imagen de Dios, se reafirma que cada vida posee un valor incondicional, no por lo que produce ni por su capacidad de procesamiento, sino por su mero ser. San Juan de la Cruz (Juan de Yepes \u00c1lvarez), en su texto Noche oscura, describe ese estado del alma donde el sentido parece extraviarse y s\u00f3lo queda la espera en la tiniebla. Para el m\u00edstico, incluso en ese silencio absoluto de Dios, hay una presencia que sostiene, aunque no se sienta (2010, p. 142). Traigo esta referencia a colaci\u00f3n porque me parece fundamental remarcar que esta dignidad nunca se pierde en la crisis, al contrario, es all\u00ed donde reclama mayor amparo ante un sistema que descarta lo que deja de ser productivo o funcional.<\/p>\n<p>Es urgente, adem\u00e1s, alejarnos de la fr\u00eda medicalizaci\u00f3n que despoja al sufrimiento de su dimensi\u00f3n social. Si bien la ciencia aporta herramientas, el consuelo nace de la comprensi\u00f3n del sentido. En este contexto, Emmanuel Levinas, en su \u00e9tica de la alteridad, nos recuerda que el rostro del otro es una exigencia de responsabilidad infinita. En su obra Totalidad e infinito, sostiene que el encuentro con el otro es, en esencia, un mandato de cuidado: \u201cEl rostro se me presenta no como un objeto de percepci\u00f3n, sino como una vulnerabilidad que me interpela. El Rostro me dice: No matar\u00e1s\u201d (Levinas, 1961\/1977, p. 211).<\/p>\n<p>Cuando fallamos en responder a esa vulnerabilidad, la responsabilidad es colectiva. No podemos ignorar que la precariedad y el aislamiento son factores que asfixian el deseo de vivir. Por ello, Viktor Frankl nos ense\u00f1a que incluso en condiciones extremas, la b\u00fasqueda de significado sostiene la existencia (2015, p. 121). Para las familias, la tarea es ahora reconstruir un sentido que incluya la memoria del ser amado no por el acto de su muerte, sino por la luz de su vida entera. La teolog\u00eda pastoral deber\u00eda encarnar una \u00e9tica de la ternura (no del juicio moral), record\u00e1ndonos que el amor de Dios desciende a las profundidades de la desesperaci\u00f3n para ofrecer un horizonte de redenci\u00f3n que ninguna tecnolog\u00eda puede emular.<\/p>\n<p>Est\u00e1 claro que las estrategias de prevenci\u00f3n del suicidio y el consuelo de los que sufren debe entenderse como una responsabilidad comunitaria y pol\u00edtica. Se requiere de una praxis de la esperanza que se traduzca en pol\u00edticas p\u00fablicas que privilegien el cuidado y la salud mental por sobre la eficiencia y la productividad. En un mundo que valora la utilidad, nos queda la tarea de afirmar que la vida es un don sagrado que se custodia en la mirada y el cuidado del hermano. La caridad social no es s\u00f3lo asistencia, sino compromiso de transformar nuestras comunidades en refugios donde el dolor sea siempre compartido. Cabe reflexionar, entonces, si nuestras instituciones est\u00e1n preparadas para acoger la sombra sin pretender iluminarla prematuramente con dogmas, permitiendo que el llanto tenga su lugar en el altar del lugar com\u00fan.<\/p>\n<p>En el di\u00e1logo sobre el final de la vida, debemos ser cautelosos con las narrativas de representaci\u00f3n. Cuando la sociedad normaliza la muerte autoinfligida como una soluci\u00f3n eficiente, corremos el riesgo de desatender el deber de acompa\u00f1ar. La alternativa es el fortalecimiento de la comunidad ritual. Tengamos en cuenta que los ritos de duelo permiten que la p\u00e9rdida sea integrada en la historia familiar, no como un estigma silencioso, sino como una herida ba\u00f1ada por la luz de la esperanza escatol\u00f3gica que se aferra con sabor agridulce al deseo de \u201cvolvernos a ver\u201d. Tampoco se trata de olvidar la tragedia, sino de envolverla en un tejido de solidaridad que impida que el dolor se convierta en una condena eterna para los que permanecen.<\/p>\n<p>Para finalizar, queridos lectores, debemos reconocer que el suicidio nos deja ante un silencio que no debe ser llenado con explicaciones vac\u00edas, sino con una presencia amorosa que sostenga la pregunta sin clausurarla. La reflexi\u00f3n filos\u00f3fica y teol\u00f3gica encuentra su sentido \u00faltimo cuando se vuelve gesto de consuelo para quien llora. El lector no debe cerrar estas l\u00edneas con una s\u00edntesis intelectual, sino con el deseo de ser, para los otros, un signo de que la esperanza es posible incluso cuando las luces se apagan. \u00bfC\u00f3mo podemos ser hoy ese puerto seguro para quien siente que su barca ya no resiste la tormenta? \u00bfEs posible que nuestra mayor contribuci\u00f3n a la vida sea aprender a escuchar el gemido del coraz\u00f3n ajeno con la misma reverencia con la que entramos en un templo? \u00bfPodremos, al fin, comprender que nadie se va del todo mientras haya una comunidad dispuesta a custodiar su memoria con la delicadeza de quien sostiene una llama en medio del viento? \u00bfY si la verdadera medida de nuestra humanidad no fuera nuestro \u00e9xito, sino nuestra capacidad de permanecer al pie de la cruz del otro, en ese instante donde el sistema colapsa, ofreciendo nada m\u00e1s que nuestra propia presencia como prueba de que a\u00fan existe lo humano? \u00bfEs la huida un acto de desamor o la \u00faltima forma de buscar un descanso que la sociedad le neg\u00f3 en vida al sufriente? \u00bfHasta qu\u00e9 punto somos responsables del abismo ajeno y hasta d\u00f3nde debemos aceptar nuestra bendita incapacidad de salvarlo todo? \u00bfPodremos perdonarnos, finalmente, por no ser dioses, sino simplemente hermanos vulnerables en busca de un poco de luz?<\/p>\n<p>Referencias bibliogr\u00e1ficas y fuentes consultadas<br \/>\n\u00b7 Baudrillard, J. (2005). Cultura y simulacro. (A. Vicens y P. Rovira, Trads.). Editorial Kair\u00f3s. (Obra original publicada en 1978).<\/p>\n<p>\u00b7 Berardi, F. (2017). Fenomenolog\u00eda del fin: Sensibilidad y mutaci\u00f3n ciberespacial. (T. L. Crespo, Trad.). Caja Negra. (Obra original publicada en 2011).<\/p>\n<p>\u00b7 Camus, A. (2012). El mito de S\u00edsifo. (E. J. Podetti, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1942).<\/p>\n<p>\u00b7 Cioran, E. M. (1981). Del inconveniente de haber nacido. (T. de la Carrera, Trad.). Taurus. (Obra original publicada en 1973).<\/p>\n<p>\u00b7 Frankl, V. E. (2015). El hombre en busca de sentido. Herder. (Obra original publicada en 1946).<\/p>\n<p>\u00b7 Fromm, E. (2006). El miedo a la libertad. (G. Germani, Trad.). Paid\u00f3s. (Obra original publicada en 1941).<\/p>\n<p>\u00b7 Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. (A. S. Pascual, Trad.). Herder. (Obra original publicada en 2010).<\/p>\n<p>\u00b7 Jaspers, K. (1966). La cuesti\u00f3n de la culpa. (M. de la Iglesia, Trad.). Paid\u00f3s. (Obra original publicada en 1946).<\/p>\n<p>\u00b7 Juan de la Cruz, S. (2010). Noche oscura. (M. de San Jos\u00e9, Ed.). Editorial Monte Carmelo.<\/p>\n<p>\u00b7 Juan Pablo II (1995). Carta Enc\u00edclica Evangelium Vitae sobre el valor y el car\u00e1cter inviolable de la vida humana. Libreria Editrice Vaticana.<\/p>\n<p>\u00b7 Levinas, E. (1977). Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad. (D. E. Guillot, Trad.). S\u00edgueme. (Obra original publicada en 1961).<\/p>\n<p>\u00b7 M\u00e8lich, J. C. (2021). La fragilidad del mundo: Ensayo sobre un tiempo precario. Tusquets Editores.<\/p>\n<p>\u00b7 Schopenhauer, A. (2004). Sobre el suicidio. (M. de Unamuno, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1851).<\/p>\n<p>\u00b7 Schopenhauer, A. (2009). El mundo como voluntad y representaci\u00f3n. (R. R. Aramayo, Trad.). Alianza Editorial. (Obra original publicada en 1819).<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Por Lisandro Prieto \u201cNo es la vida, es el tiempo lo que resulta insoportable. Por eso no es el deseo de morir, sino el deseo de no haber sido nunca lo que constituye la esencia del hast\u00edo\u201d (Cioran, 1973\/1981, p. 54). 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