
Para demostrar esa hipótesis, alimentaron a los roedores con exceso de sal -entre cuatro y seis gramos diarios-, lo que supone aumentar entre ocho y 16 veces la cantidad de sal típica de las comidas de esos animales, señalaron en el trabajo divulgado en la revista Nature Neuroscience.
Luego de varias semanas, evaluaron la presión sanguínea de los animales y determinaron que no se había producido ningún cambio, señalaron los autores de la Universidad de Cornell, en Ithaca.
Sin embargo, observaron los primeros signos de disfunción endotelial, por lo que -de seguir con esas dosis- acabarían padeciendo hipertensión arterial.
También, el equipo, liderado por Costantino Iadecola, detectó una disminución significativa en el flujo sanguíneo cerebral de estos animales, sobre todo en el hipocampo y la corteza cerebral. Esa disminución, lejos de resultar inofensiva, tenía consecuencias muy graves. Tras realizar distintos test de comportamiento, se evidenció que los animales sufrían un deterioro de sus funciones cognitivas, apuntaron.
Según Iadecola, como parte del experimento, los efectos de la ingesta de sal fueron revertidos.
En tal sentido, los ratones volvieron a seguir una dieta normal o mediante una intervención farmacológica, lo que sugiere que los cambios en el estilo de vida o la administración de fármacos pueden ayudar a prevenir, o en su defecto invertir, estos resultados, concluyó.






