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65 años después: y hay gente que quiere un dictador

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Por Rosario Espinal

El pasado 30 de mayo se cumplieron 65 años del ajusticiamiento del dictador Rafael Leónidas Trujillo. El día pasó sin penas ni glorias, señal de que la sociedad dominicana no recuerda mucho o no le importa.

Dicen que el tiempo lo borra todo, y quizás es cuestión de tiempo; pero cuando el tiempo borra, el pasado se mistifica y aparecen razones para añorarlo.

Rosario Espinal
Politóloga

No es una actitud generalizada, pero en la República Dominicana hay adeptos a un dictador. Claman por un Trujillo o un Bukele. Cuando lo hacen, glorifican el orden para lograr lo deseado, sea combatir la delincuencia, el desorden del tránsito, la corrupción o la migración haitiana.

Son serios problemas, pero recurrir a la idea de un dictador como solución es una actitud cómoda, es no hacer esfuerzos; significa querer que alguien a la fuerza y desde arriba resuelva lo que incomoda.

No agenciar soluciones es la mayor haraganería social, y los haraganes son el sustento de los dictadores. Se sientan a esperar que el fuete haga el trabajo que no quieren realizar.

La defensa al dictador es con frecuencia una posición sesgada, se ve lo positivo (el supuesto orden) sin facturar lo negativo. Es subordinarse a cambio de soluciones a problemas que se consideran agobiantes.

Y en el agobio social va el jinete de los dictadores; prometen soluciones completas y eternas. ¿Qué más pedirle al vendedor de engaños?

El deseo de quienes claman por un Trujillo no se ha materializado hasta ahora porque ningún problema es tan grave que amerite esa costosa alternativa.

La sociedad dominicana logró un acomodo político sin dictadores. Nunca se hizo justicia más allá del exilio de la familia Trujillo, aunque sí hubo en su momento comprensión del costo de la dictadura. Para unos fue un costo económico, para otros un costo político, para otros un costo humano. La suma de esos costos facilitó que Balaguer no se convirtiera en un dictador, a pesar de la represión.

Aún fuera a regañadientes, Balaguer facilitó un tránsito eventual a la democracia liberal. Ha sido un proceso de altibajos, pero en los últimos 65 años, la República Dominicana no ha tenido una dictadura, y en el contexto latinoamericano es una excepcionalidad.

No es inmutable, sostenerla requiere la capacidad del Estado de gestionar problemas y una acción ciudadana responsable.

Aquí radica el riesgo: cada día, los problemas y las necesidades de la población son mayores, las redes agitan y la capacidad de respuesta del Gobierno es limitada, sea por falta de recursos o incapacidad.

La gente quiere orden, eso dicen, aunque fomenten el desorden. Quien tira basura no quiere ver basura; quien irrespeta las reglas del tránsito quiere que los demás las cumplan; quien escucha la música alta quiere el silencio de los otros; muchos dicen que no quieren haitianos, pero los contratan para pagar menos, y así sucesivamente.

El orden es fundamental en cualquier comunidad humana. Si no se logra por las buenas, se busca por las malas. Ese es el origen de muchos autoritarismos.

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