En efecto, algunos de nuestros aspirantes a la presidencia de la república de esos partidos han recurrido a parte significativa de la narrativa que sirve de base a las fuerzas ultraderechistas en sus campañas electorales: el nacionalismo cerril, la fábula de la teoría del remplazo, la imaginaria superioridad étnica, cultural sobre y la llamada remigración o expulsión sin reparo de inmigrantes, acusados de ser causantes de muchos de nuestros déficits en materia de servicios (chivo expiatorio). La expresión grosera de esas posiciones la emplean los grupúsculos políticamente organizados, además de sectores de la cultura, la academia y del mundo eclesial.

Pero resulta lastimosamente patético que, de manera sutil esos mitos también lo toman algunos dirigentes/aspirantes que han construido su liderazgo, al menos discursivamente, con los elementos sustanciales de la tradición liberal que en sus inicios prevalecían en los partidos a los cuales pertenecen o han pertenecido. En Europa, con esos mitos se han construido mayorías políticas triunfantes y con posibilidades de triunfo allí donde dentro de poco se llevarán a cabo procesos electorales locales y presidenciales. Lo mismo ha sucedido en EEUU, Argentina, Chile, Colombia, Perú, Honduras, entre otros. Es la ola, y en ella navegan algunos aspirantes al más alto puesto en los poderes del Estado de nuestro país.

Sn embargos, algunos políticos nuestros parece que no han calibrado correctamente naturaleza de las mayorías político/social de extrema derecha de esos y otros países, cuáles han sido los resultados de sus gestiones y las perspectivas futuras de esa corriente política/ideológica. En el poder, la extrema derecha ha dado muestra de clamorosa incompetencia, de gobiernos caóticos, esencialmente represivos y corrosivo de los pilares de la institucionalidad política, social y cultural de la sociedad. El presidente de los EEUU ha sumido ese país en una crisis institucional, social y política sin precedentes, granjeándose la repulsa de los sectores más representativos del mundo de la política, la academia, el arte, la cultura y de manera cada vez más acentuada, de las principales figuras de las instituciones básicas del sistema.

Vale destacar que, en el plano político, sus mayores derrotas y dificultades se las han infligido aquellos que lo han enfrentado defendiendo derechos fundamentales en lo referido al acceso a servicios sociales: vivienda, transporte, salud, educación, la libertad y derechos ciudadanos. Enfrentándolo, en plano de las ideas y defensa de la democracia. Por eso tienen las perspectivas de recuperar la mayoría en las cámaras legislativas, que sería trágico para el proyecto ultraderechista del núcleo duro de la actual mayoría gobernante en ese país y del mundo. Estamos pues, ante lo que podría ser el momento de inflexión de la ola ultraderechista que amenaza con anegar el mundo.

Los gobiernos de ultraderecha de Italia, Argentina, Hungría, y los que se inician en Chile y Colombia dan muestra de ineptitud en el manejo de la cosa pública y de desprecio a derechos ciudadanos inalienables, por eso crecen las protestas contra ellos.  Para nosotros, esta circunstancia tiene varias lecturas, una es que las próximas elecciones del 2028 podrían discurrir en el contexto de inflexión de las embestidas de la ultraderecha. Otra es que sólo con posiciones firmes de defensa de la población en sus demandas de servicios básicos, transparencia, e inclusión social y política puede ser exitosa la lucha contra las diversas expresiones de la ultraderecha. No tratando de contemporizar con ella, ni mucho menos asumiendo abierta o sutilmente algunas de sus perversas posiciones.

Los tres partidos mayoritarios del sistema tienen en su seno gente de trayectoria democrática, de incuestionable solvencia personal y profesional. Pero si no enfrentan resueltamente las posiciones conservadoras y hasta reaccionarias de importantes núcleos de sus direcciones y de eventuales candidatos, estarían tirando por la borda esa trayectoria, convirtiéndose en cómplices de esos núcleos. Con sus gradaciones, esas colectividades vienen de una tradición liberal y de pertenencia a la internacional socialdemócrata, pero sus posiciones o silencios frente a la Internacional ultraderechista y de su principal jefe es la negación de esa tradición.

El contexto de las elecciones del 2028 podría ser sustancialmente diferente al actualmente existente y en él, esos partidos podrían encontrarse sin relato ni identidad alguna. La ultraderecha no tiene un plan exquisitamente diseñado, la anima un instinto primario y por momento criminal que lo manifiesta irrefrenablemente en tiempos convulsos, de ahí sus caóticas administraciones. Afortunadamente, todo tiempo convulso llega a su fin. A pesar de los toques de trompeta, no estamos en el fin de los tiempos.