Cuando un pueblo llega al punto de corrupción, impunidad y vandalismo que ha llegado nuestro país, requiere de acciones radicales, que vayan más allá del contexto democrático, si se quiere salvar lo poco que nos han dejado los desgobiernos que hemos tenido en los últimos cincuenta años.
Si bien es cierto que los morados le han dado las puñaladas más certeras en corrupción, impunidad y vandalismo, a esta agonizante nación, la cuota de responsabilidad recae también en los blancos, los rojos, la mal llamada izquierda y sobretodo en un pueblo acobardado, que se ha dejado coger de pendejo con toda esta vagabundería.

Siempre he sido partidario de la democracia, especialmente, después de haber vivido la mitad de mi vida en los Estados Unidos de Norteamérica, donde no se vive una democracia perfecta, pero al menos se respetan los derechos fundamentales del ciudadano y de la propiedad privada. Por eso cuenta con instituciones fuertes que se encargan de que esa democracia marche.
En este estercolero en que hemos convertido nuestro bello país, la hipocresía, la corrupción y la mentira, han arropado todos los estratos sociales de la nación, donde ya es prácticamente imposible aspirar a una democracia con un mínimo de decencia.
Tenemos que ir más allá, si queremos evitar que aquí ocurra una reacción en cadena que nos lleve a todos al despeñadero.
Si los que nos gobiernan siguen embobados en sus lauros de poder, creyéndose insustituibles, y que todo lo tienen bajo control, esta mierda les puede explotar en las manos y todos saldremos salpicados, pero ellos tendrán más que perder.
Se que muchos de los que me siguen estarán sorprendidos por el lenguaje que estoy utilizando, pero me siento indignado por las cosas que uno tiene que ver y soportar en un país que necesita una profilaxis total.
La última noticia de la que me entero y le ha puesto la tapa al pomo, es saber que a la casita que con tanto esfuerzo construyó, poco a poco, en Fundación de Peravia, mi querido amigo Dagoberto Tejeda, unos vándalos le robaron hasta los inodoros.
Los que conocemos a Dagoberto sabemos que no tiene fortuna, a pesar de ser uno de los investigadores mas acucioso y prolífico de nuestros valores culturales de los últimos tiempos.
Esa casita es el refugio de Dago para escribir sus libros, elaborar ideas para enaltecer la cultura del país y por demás su centro de descanso. Justo en el momento en que nuestro pueblo de Baní lo declaraba como rey del carnaval, le causan ese daño material a ese ser sin maldad y defensor de los más elevados sentimiento de nuestro pueblo.
Lo curioso de todo esto, es que en un campo donde todo el mundo se conoce, nadie vio, ni nadie escuchó nada, en un país donde hasta el más ignorante, tiene un celular de última generación y se sabe el mas mínimo chisme del pueblo.
?Cuanto mas cree usted, amigo lector, que tendremos que aguantar, para levantarnos y frenar este tren sin conductor?
Raúl Montero
Sicólogo y escritor






